Con la fiesta del Bautismo del Señor, finaliza el Tiempo litúrgico de Navidad y comienza el Tiempo Ordinario durante el año, un tiempo casi normal, que se interrumpirá con la Cuaresma y la Pascua. Pero no voy a hablar de los tiempos del año, sino que después de la celebración de las Fiestas de Navidad y, sin dejar de mirar al Dios que ha nacido Hombre, comenzamos a mirarnos a nosotros mismos desde esa misma perspectiva.
Sí, el Bautismo del Señor nos lleva a mirarnos a nosotros mismos como bautizados, como hijos de Dios, que hemos venido al mundo y hemos recibido el Espíritu Santo que nos ha convertidos en "hijos por el Hijo", y esa es una realidad que tenemos que seguir madurando a lo largo de nuestra vida.
Así como el Espíritu descendió sobre Jesús, en las aguas del Jordán, y Dios dijo "este es mi Hijo, el amado", también en las aguas de la Pila Bautismal el Espíritu Santo descendió en nosotros y nos hizo hijos amados de Dios.
Pero, es que ahí no termina la cosa, sino que continúa con nuestra vida pública. Lo mismo que en la vida de Jesús el Bautismo en el Jordán dio comienzo a su vida pública, así también en nuestra vida (luego de tomar conciencia de quiénes somos: hijos de Dios por el bautismo, cristianos: otros Cristos) comenzará una etapa de anunciar el evangelio a todo el mundo.
Sí, lo has entendido bien: nosotros también, tú y yo, aunque tú no seas ni religioso, consagrado o sacerdote, todos los bautizados, hemos sido enviados a anunciar, con nuestras vidas, el gozo de la Salvación, la Buena Noticia de que el Reino de Dios ha llegado a nosotros y por eso buscamos nuestra constante conversión: el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios, con nuestros hermanos y con nosotros mismos.
Comienza en el bautismo un camino de santidad y evangelización, pues no se evangeliza sólo con la palabra, sino, sobre todo, con el ejemplo. Por eso, cuando el ejemplo no es tan bueno, sino que tenemos nuestros tropiezos y caídas, buscamos la reconciliación y seguimos avanzando, pues el Padre sabe que no somos perfectos, pero caminamos hacia la perfección en el amor.
Así que, sin dejar de mirar al Niño que ha nacido por Amor a nosotros, y que, con su pasión, muerte y resurrección, nos dio una Vida Nueva, debemos avanzar sabiendo que estamos en el mundo, pero no que somos parte de él, sino que somos de Dios, pues Él nos ha consagrado para ser sus hijos y nos ha llamado desde antes de la creación del mundo para ser santos e irreprochables, ante Él, por el amor.
¿Por qué mirar siempre al Pesebre de Belén? Para recordar que solamente siendo niños podremos ser hijos, y si somos hijos seguiremos mirando, escuchando y obedeciendo al Padre que sabe lo que nos conviene y el por qué nos ha llamado, así daremos testimonio de Él ante los hombres, y alcanzaremos al eternidad en Su Reino.
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