"El Señor llamó a Samuel, por tercera vez. Se levantó, fue a donde estaba Elí y dijo:
«Aquí estoy; porque me has llamado».
Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. Y dijo a Samuel:
«Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”». Samuel fue a acostarse en su sitio.
El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores:
«Samuel, Samuel».
Respondió Samuel:
«Habla, que tu siervo escucha».
El 15 de enero de 1986 fue mi ingreso en el Seminario, en la Casa de Formación de la Fraternidad Mariana Masculina, ese día tuvimos la primer misa en la Casa, y ese día leímos estas mismas lecturas.
Ese día me llevó mi padre al Seminario, me despedía de mamá y comenzaba un nuevo caminar en mi vida. Pero ese día, 15 de enero, pero de 2004, me tocaba, también despedir a mi padre. Dios lo había llamado a la Casa Paterna, se nos adelantó en el regreso al Cielo.
Dos días marcados por una misma lectura y por un mismo llamado: Dios nos llama y debemos acudir prontamente. Aunque no siempre aceptemos el llamado con generosidad o con disposición de corazón, pero, sabemos que Su Llamado es el mejor llamado que nos puede llegar al corazón.
Hay veces que no lo comprendemos en el momento, pero con el tiempo descubrimos que ese era el Camino, y que no había otro camino mejor que recorrer en la vida, pues, cuando se recorre de Su Mano, siempre se llega al mejor destino.
El Cielo, la Casa del Padre, es el destino final de nuestra vida, pero también fue nuestro principio, porque de Él venimos y hacia Él vamos, unos llegan antes, a otros nos cuesta llegar, pero ese es el horizonte de nuestra vida, y es nuestra Vida definitiva. Mientras tanto, vamos peregrinando en este mundo con la mirada puesta en el Cielo, para que, por la Gracia de Dios, vayamos haciendo un Cielo de la tierra, porque vamos construyendo el Reino de Dios aquí en la tierra.
Cada uno de nosotros, si presta atención, escuchará ese llamado del Señor. Un llamado que, para cada uno, será diferente pues Dios nos ha soñado a cada uno para un rol diferente en esta vida, pero todos con un mismo ideal: la santidad, pues para eso nos dio una Vida Nueva en su Hijo.
Quizás no sepamos discernir ese llamado, como le pasó a Samuel y a Elí, pero, si perseveramos en la escucha y abrimos nuestro corazón, el Señor nos aclarará Su Intención. Es cierto que puede darnos temor, pero el temor se disipa cuando se conoce la intención del Padre, pues nada que Él nos pide os destruirá, sino que nos elevará y, sobre todo, nos dará la Gracia suficiente y necesaria para llevar a cabo su llamado, nuestra vocación.
Sí, tendremos que dejar lo que estamos haciendo, quizás, pero lo que alcanzaremos con Su Gracia será mucho mejor y mucha mayor, porque a Él nadie le gana en generosidad. Por eso, Jesús, cuando nos llamó nos dijo: "quien quiera venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, cargue su cruz de cada día y sígame". Y a Pedro le respondió: "quien haya dejado casa, padre y madre, hermanos... le daré el ciento por uno aquí y la vida eterna"
Por eso, no dudes en responder como Samuel al llamado de Dios con su corazón dispuesto y pronto: "Habla Señor que tu siervo escucha" y como María "he aquí la esclava del Señor, ¡hágase en mí según tu Palabra!".
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