miércoles, 22 de enero de 2020

Cuidado con las víboras...

"En aquel tiempo, entró Jesús otra vez en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo".
El pecado no nos deja, muchas veces, apreciar lo bueno que hacen los demás, sino que los observamos para poder criticarlos y sacar, de ellos, alguna cosa mala o intentar "embarrar" lo bueno que pudiesen hacer.
"En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él".
Y, si no podemos encontrar nada, nos confabulamos con otros para poder seguir haciéndole daño a quien consideramos que está "atacando" nuestra vida.
Así pensaban, en aquella época, los que aborrecían a Jesús porque creían que venía contra ellos. Siempre estaban al acecho para ver cómo podían acusarlo y, así, poder quitarlo del camino de ellos, sobre todo, para que sus actitudes no "descubrieran" que ellos no eran fieles a la Voluntad de Dios.
Sí, cuando nos ponemos a hablar de los demás con nuestros compañeros, vecinos, etc., y comenzamos a criticar a otras personas, sean o no conocidas, estoy haciendo lo mismo que hacían los judíos del tiempo de Jesús: queriendo destruir la fama y buen nombre de alguien.
Quizás lo que digamos o pensemos esté fundado en actitudes reales, pero lo que el evangelio me pide ante el error de mis hermanos no es que lo comience a divulgar por media ciudad, sino que pueda hablar con él: "si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado".
Claro que tengo que saber que tengo el deber de ayudar a corregir el error de mi hermano, no que tengo el deber de hundir a mi hermano debajo de comentarios y chusmeríos baratos. Pero, "es que no puedo dejar de hablar", "me cuesta salir de esas conversaciones". Y, como dice, un refrán o frase de por ahí: aquellos que hablan mal de los otros contigo, seguramente también hablen mal de tí con otros.
Por eso mismo el Señor nos dice: "no hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan a tí", o, "haced a los demás los que te gustaría que hicieran contigo".
Y, sobre todo, lo fundamental, como lo hizo Jesús, saber con toda seguridad quién soy y qué estoy haciendo:
"Y a ellos les preguntó:
«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?».
Porque sabiendo quién soy y que lo que estoy haciendo es la Voluntad de Dios, entonces no tenemos que temer a las lenguas venenosas porque nada pueden hacer a mi persona, sino sólo envenenarse a sí mismas y seguir pecando contra la caridad y la verdad.

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