"En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras este paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos y le decían:
«¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para hacer esto?».
Este pasaje del Evangelio viene a cuenta de que Jesús habái echado a los vendedores del Templo, y les había dicho que habían transformado "la Casa de mi Padre en cueva de bandidos", una frase que no les había gustado nada a los sumos sacerdotes, escribas y a los ancianos. Pero antes de decirles en cómo la habían trasnformado, les había dicho que "la Casa de mi Padre es casa de oración", pero eso, aprentemente, no les importaba, les molestaba que al echar a los vendedores del Templo se quedaban sin recibir el impuesto que les cobraban y podrían disminuir los ingresos para las arcas del Templo.
Muchas veces nos pasa lo mismo: cuando nos dicen una verdad que nos molesta porque nos muestra algo que no estamos haciendo bien, entonces cuestionamos con qué autoridad nos dicen tal o cual cosa. Pero si la misma persona nos alaba nuestros errores no cuestionamos nada. Aunque, seguramente, todos hemos dicho que siempre nos gusta que nos digan la verdad, pero cuando la oímos nos duele y nos cuesta reconocer que hemos obrado mal, preferimos en, muchos casos, desautorizar a quién nos dice la Verdad que buscar caminos de conversión, y, lo más difícil es agradecer a quien me ayuda a convertirme.
Por eso, Jesús, antes de responderle a ellos con qué autoridad hacía lo que hacía, que para eso le bastaba sólo la Palabra que estaba en las Sagradas Escrituras, les hace "pisar el palito" re-preguntándoles algo que ellos sabían que avalaría su actuar. Pero viendo que si respondían lo que sabían quedaban "mal parados", entonces "nos hacemos los ignorantes" y creemos que lo pasamos mejor.
Es así que muchas personas antes de aceptar la corrección fraterna, o decir con qué autoridad un hermano me corrije los errores, prefieron dar vuelta la cara o dejar de hablar con tal persona, creyendo que con esa actitud se libran de la conversión y "no viendo los errores" pueden seguir cometiendo el mismo acto.
·Basándose en vuestra santísima fe y orando movidos por el Espíritu santo, manteneos en el amor de Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna.
Tened compasión con los que titubean, a unos salvadlos arrancándolos del fuego, a otros mostradles compasión, pero con cautela, aborreciendo hasta el vestido que esté manchado por el vicio".
Si realmente decimos que tenemos fe y que amamos a Jesús, entonces sabremos que es Él quien nos ha pedido que corrijamos a nuestros hermanos, para poder salvarlos del pecado, para poder ayudarlos, por medio de la corrección fraterna, a vivir como verdaderos hijos de Dios. Esa es la autoridad con que corregimos y con la que nos corrigen nuestros errores y nuestros pecados.
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