miércoles, 8 de febrero de 2017

Lo prohibido es lo bueno...

"El Señor Dios dio este mandato al hombre:
«Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir».
Ayer tuve que ir a hacerme una resonancia de rodilla (nada grave) pero cuando estaba en la máquina la chica me dijo: "y ahora no se mueva hasta que terminemos". Fue decirme eso y empecé a tener ganas de rascarme la pierna, a sentir que no podía estar quieto ¡qué difícil fue cumplir la premisa de no mover la pierna! Y eso que era algo fácil, pero bastó que haga la prohibición para tener que tener el deseo de hacer lo que se me había prohibido.
Y así nos pasa a todos con todas las prohibiciones: desde no comer sal hasta la de no pecar, está en nuestra estructura humana de pecado, de imperfección. Y Dios lo sabe, porque Él nos creó. ¿Podría habernos hecho más perfectos? Nos hizo, pero como creaturas tendemos a hacer lo que nos prohíben, porque, en definitiva, somos pequeños ante Él, como los niños que les dices que no toquen eso y... lo tocan; que se callen y... gritan.
Pero esa lucha constante, como la llama San Pablo, es una lucha que fortalece nuestro espíritu para que esté fuerte para los grandes momentos. En esa lucha hemos de pedir al verdadero Espíritu que nos invada con sus dones, para que podemos siempre tener la capacidad de seguir adelante, de saber discernir y elegir, de poder ver con claridad cada situación y cada acto que vamos a realizar. Porque en esa actitud de recepción del Espíritu se va consolidando nuestro ser cristiano, y así lo que hay en nuestro corazón no son los frutos del mundo, sino los frutos del espíritu.
Para que aquello que es propio del hombre terrenal lo podamos transformar en un hombre espiritual, por eso Jesús nos señala cuáles son los frutos del mundo:
«Lo que sale de dentro, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».
Es nuestro trabajo diario poder dejar al Espíritu Santo que vaya transformando nuestro interior, con nuestra disponibilidad y nuestra lucha constante.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.