Una hermosa imagen nos presenta el Génesis acerca de la inocencia y la culpa en el hombre. Una imagen que es representada por la desnudez y por el quererse ocultar de la mirada de Dios. Cuando el hombre, Adán y Eva, aún no habían comido del fruto prohibido andaban desnudos en el paraíso, podían dialogar con Dios de frente pues no había nada que ocultar, su inocencia, su confianza y su necesidad de Dios le hacían olvidar todo cuanto sucedía. Pero cuando por el conocimiento del bien y del mal descubren su desnudez, pierden su inocencia primera y sabiendo que habían desobedecido buscan taparse y esconderse de la mirada del Señor.
Pero así como pudieron razonar que estaban desnudos y que habían sido desobedientes, también pudieron comenzar a echar culpas hacia afuera: Adán dijo: la mujer que tú me diste me sedujo; Eva dijo la serpiente me sedujo. La única que no pude decir nada fue la serpiente, pues no tenía a nadie detrás o debajo de ella.
Cuando sólo pensamos en nosotros mismos, y es fruto de un instinto de conservación, siempre buscamos responsables fuera de nosotros sólo cuando hacemos mal las cosas; pero cuando podemos echarnos laureles siempre somos nosotros los hacedores, aunque no hayamos hecho nada.
Este daño del pecado aún persiste en nosotros pues aunque Cristo nos librara del pecado original, aún persiste la espina del pecado en nosotros y nos lleva a desear lo que no debemos.
Pero mirad una cosa: muchas veces decimos que no sabemos lo que hacemos, pero sin embargo siempre tenemos conciencia de lo que estamos haciendo y por eso muchas veces, sin darnos cuenta, nos escondemos porque intuimos que no hemos hecho lo que corresponde. Y, sobre todo nos escondemos de Dios: no hacemos nuestras oraciones como deberíamos, no leemos su Palabra como habría que hacerlo, vamos dejando que el tiempo pase para que se disuelva el dolor del pecado. Pero para ello sólo hay una solución: la confesión del pecado, el sacramento de la reconciliación es el mejor remedio para nuestro dolor, y el mejor regalo de la Gracia se nos da al reconciliarnos con Dios y con nuestros hermanos.
Cuando aceptamos nuestros errores y simplemente pedimos perdón la Gracia vuelva a nosotros como una hermosa lluvia, necesaria para purificar y refrescar nuestra alma para poder seguir en el Camino de la santidad.
Y sepamos que siempre el pecado va a estar queriendo mordernos el talón, siempre va a estar a nuestra puerta llamando para entrar en nuestra vida; pero también a la puerta está el Señor, llamando cada día para sentarse a nuestra mesa, y para que nos sentemos a Su Mesa. Será nuestra responsabilidad a quién escuchamos y a quién dejamos entrar en nuestras vidas.
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