viernes, 19 de febrero de 2016

La Vida Nueva del Amor

En los viernes de cuaresma la liturgia nos invita a meditar en la penitencia y la reconciliación, porque en este día Jesús entregó su vida para nuestra salvación. Por eso es también el día del rezo del Via Crucis, un recorrido por el Camino de la Cruz que ya en las primeras comunidades cristianas se realizaba para recordar el Amor de Jesús por nosotros, para unir nuestros corazones al Corazón de Jesús y, aunque no podamos sufrir con Él, acompañarlo en Su Camino como lo hizo María y tantos otros que lo amaron sin medida.
Así en la primera lectura Dios nos habla por medio de Ezequiel y nos abre la puerta de la reconciliación, la puerta de su misericordia para que, reconociendo nuestros pecados podamos volver a Él y encontrar el camino de la paz y la vida.
Y en el evangelio Jesús comienza a exigirnos un poco más en favor de la Ley del Amor, pues no quiere que seamos como eran antiguamente, o como se acostumbraron a vivir sus contemporáneos, que sólo cumplían con la letra de la ley, sino que llevemos la Ley a la plenitud del Amor.
Porque cuando nos decidimos a aceptar el llamado de Jesús a seguirlo, no nos debemos quedarnos en que sólo me ha llamado para cumplir con mandatos y preceptos sino para vivir una Vida Nueva, una Vida de Fe fundada en el Amor a Dios y a los Hermanos. Por eso, llega siempre un tiempo durante el año en que la liturgia nos invita a reflexionar sobre nuestra entrega cotidiana, porque El Señor sabe que somos débiles e imperfectos y, por su infinita misericordia, nos abre las puertas a la misericordia de su corazón, para que bebiendo de su Amor podamos enriquecer nuestro amor y así ser Fieles a la Vida que Él nos ha dado y nos pide vivir.
Pues en el camino de todos los días nos vamos "acostumbrando" a la oración y al conformarnos con lo mínimo y básico de nuestra: "no mato ni robo", pero... ¿la vivencia del amor más pleno? Ah! de eso no se nada. Y, además, ese Amor es muy difícil y complicado, porque cuando me tocan el "yo", ahí armo mis uñas y dientes y me defiendo contra todo lo que venga. Por eso no puedo perdonar, ni pedir perdón, porque mi YO es tan grande que prefiero perderme a morir a mí mismo.
Así, el Camino de la Cruz nos invita a descubrir que la muerte del YO no significa tristeza para el hombre, sino gozo en el Señor que nos colma con sus bienes para que alcancemos el Final del Camino sin perder nuestra fe, sino recuperando los Dones que habíamos perdido y que el pecado va quitándonos constantemente. Y, unidos a su pasión, muerte y resurrección alcanzar una Vida Nueva que nace del Amor.

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