martes, 16 de febrero de 2016

La oración es un diálogo entre dos

"Jesús dijo a sus discípulos:
Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados".
La vida natural y la vida sobrenatural siempre se identifican, es decir, lo que yo vivo como persona con los demás, también lo vivo como persona con Dios (o con las Divinas Personas) Por eso Jesús nos dice; cuando oren, no hablen mucho...
Hay quienes no dejamos de hablar en todo el día, y creemos que por que hablamos mucho o porque ponemos palabras difíciles somos mejor escuchados o que nos van a escuchar más por que somos más inteligentes. O, también, hay quienes no dejamos que el otro hable, no nos damos cuenta que en un diálogo hay que dialogar y no monologar, que es muy distinto.
Claro, es que, me parece, que no hemos entendido que las Personas Divinas son eso "personas", divinas, pero personas. Y que, además, son capaces de conocerme antes de que yo me conozca. Es cierto que necesito, aunque me conozcan "desde el viente de mi madre" hablar con ellas, dialogar, porque el diálogo con el otro es lo que nutre a la persona, la alimenta, la enriquece, pues el compartir la vida nos da vida. Y si con quien compartimos la vida tiene Vida Eterna ¡cuánto más se enriquece mi vida!
Por eso en la oración es bueno, como en la relación personal con los otros, el silencio, el aprender a escuchar lo que el otro me quiere decir, lo que el otro quiere compartir conmigo.
A veces somos aquellos que no queremos escuchar porque, "decimos", que no nos gustan los consejos o que "como a mi no me gusta dar consejos, no quiero que me los den", pero lamentablemente no vivimos encerrados en una cueva sin relación con nadie, y por eso, mis hermanos (por mandato evangélico) se ocupan de mi vida (a veces por demás, pero bueno...) y yo debo ocuparme de mis hermanos. Por eso necesito dialogar, para que me escuchen y para escuchar, para que me ayuden y para ayudar, para agradecer y para que me agradezcan.
Así podremos también conocer más al otro y al Otro, descubrir quién es mi interlocutor y, de este modo, también poder "ubicarme" frente al otro. Sí, porque muchas veces creo que yo puedo relacionarme de la misma manera con todos, pero no a todos hay que escucharlos de la misma manera. Fijaos que Jesús no nos enseñó una oración para hablar con Él, sino que nos enseñó una oración para hablar con el Padre, porque con quien necesitamos más diálogo es con el Padre, pues Él si que nos conoce desde antes de formarnos en las entrañas maternas: "él nos pensó desde antes de la creación del mundo para que fuésemos santos e irreprochables en su presencia por el amor".
Entonces mi relación con el Padre no será la misma que con el Hijo y el Espíritu Santo, aunque los tres sean uno solo. Y lo mismo pasa en nuestras relaciones humanas, no es la misma relación o el mismo diálogo con los padres que con los amigos, o, mejor dicho, no tendría que ser lo mismo, pues cada uno me habla desde un lugar diferente.
Oremos, hablemos, pero sobre todo aprendamos a hacer silencio para aprender a escuchar lo que el otro y El Otro tienen para decirme.

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