viernes, 12 de febrero de 2016

Conversión y santidad

Siempre ha sido un tema complejo el ayuno y la abstinencia, porque nunca lo pensamos desde el querer de Dios, sino desde el “cumplir” del hijo. Y cuando lo pensamos desde solo “cumplir” no hace el efecto que el Señor quiere, pues lo que Dios quiere es aquello que decía San Pablo: “llevo mi carne a la esclavitud del espíritu” (o algo parecido, nunca fui exacto con las citas evangélicas)

Por que cuando sólo quiero cumplir con una cosa, hago la cosa o la reemplazo por otra y ¡listo! pero el corazón queda duro y lejano de Dios como siempre. En cambio cuando reconozco que necesito llevar mi carne a la esclavitud del espíritu, veo que no sólo no tengo que comer sino que tengo que hacer otras cosas que me impliquen un mayor esfuerzo de humildad, de conversión. Por eso para algunos no será dejar de comer, sino de hablar, de fumar, de leer o hasta incluso de hacerse pasar por santito/a durante el día.

El ayuno lo quiere el Señor para que se caigan las máscaras que nos hacen parecer algo que no somos, y reconociendo lo que somos poder recorrer el camino para ser lo que Dios quiere que seamos: “santos como vuestro Padre Celestial es santo; perfectos como vuestro Padre celestial es Perfecto”. Para ello necesitamos cada día hacer el mayor de los ayunos: de nuestro yo, para dejar que Dios sea quien dirija nuestras vidas cada día.

Que sea su Espíritu y no el nuestro, o peor aún, el del mundo quien digite nuestro día a día y nos haga caminar en tinieblas y no en la Luz del Amor, del Espíritu, de la Verdad.

Así que hoy tenlo en cuenta: ¿cuál será tu ayuno? ¿Qué le ofrecerás al Señor para que te ayude a convertir el corazón, para que puedas tener la fuerza de decir, como María: aquí estoy para hacer tu Voluntad?

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