"Jesús agregó: «¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?
Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.»
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta."
Esta parábola de Jesús, y sobre todo, este final siempre me ha dado un poco de temor porque en aquella época Jesús le decía eso a su gente, a su pueblo; hoy somos nosotros el Pueblo de Dios, somos nosotros a quienes Dios entregó su Viña para ser trabajada y a quienes le pedirá cuentas del trabajo realizado.
¿Qué quiere decir esto? Se ilumina mejor con aquello que le mismo Jesús nos dijo: "vosotros sois la luz del mundo... vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la levadura de la masa" Él nos llamó para llevar al mundo, por medio de Su Palabra y de nuestra vida, un Camino que produjese Nueva Vida.
Y muchas veces nos encontramos, como decía Jesús en la parábola, no sólo despreciando a los instrumentos que Dios pone en nuestras vidas para que nos guíen, nos muestren el Valor de la Palabra, sino que despreciamos a la Palabra misma, porque vamos aceptando la palabra del mundo y no la Palabra de Dios, vamos corrompiendo, poco a poco, lo Bello del Mensaje Evangélico por un empobrecido mensaje humano.
Es cierto que la Palabra de Dios nos exige una entrega constante, y, muchas veces, una entrega heroica, pero para ello contamos con Su Gracia, no lo hacemos solos y, también, contamos con nuestros hermanos que nos acompañan con su oración, con su amor. No es un camino en soledad, sino un camino en comunidad, un Camino para llegar a construir un Reino de personas que se aman.
Esa es la Viña del Señor, esa es la Viña que tenemos que cultivar, que ayudar a producir. No miremos más hacia otro lado más que hacia el Señor, porque es Él quién nos ha llamado y es Él quien se ocupa de que tengamos las Fuerzas, el Valor y el Amor necesarios para llevar a cabo la misión encomendada. Aunque sus Palabras me duelan y sepan a amargo en la boca, nos daremos cuenta que se convierten en miel y gran consuelo en el corazón, pues Él se nos entrega en cada gesto, en cada situación y nos arropa con Su Amor que cubre todo lo que necesitamos y en abundancia se nos entrega, para que abundantemente nos entreguemos a nuestros hermanos.
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