Me parece hermoso este clamor de Salomón al Señor en su Templo:
"¡Escucha la oración que tu servidor dirige hacia este lugar! ¡Escucha la súplica y la oración que tu servidor y tu pueblo Israel dirijan hacia este lugar! ¡Escucha desde tu morada en el cielo, escucha y perdona!»
Un clamor que, a partir de mañana miércoles de cenizas, comenzaremos a intentar tenerlo en nuestros labios. Nosotros creemos que el Señor, en la presencia real y verdadera de la Eucaristía, está presente en el Templo y por eso a Él le imploramos el perdón. Un perdón que nos libera, que nos sana y que nos salva, pero es una oración dirigida al Señor Nuestro Dios, no a un simple hombre de carne y hueso o a una imagen de yeso o madera, sino al Señor, a Nuestro Dios en la persona de Nuestro Señor Jesucristo.
Por eso las lecturas del Evangelio nos invitan a re-pensar nuestra vida, a mirarnos y a examinar no sólo nuestras palabras e ideas, sino también, y sobre todo, nuestra manera de actuar. Por eso Jesús en el evangelio les habla tan duro a los de su pueblo, a la gente que Él ama y por quienes viene al mundo:
"¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres.»
Es un llamado de atención para que no nos parezca que todo es igual, que todo es lo mismo, que da lo mismo hacer una cosa u otra, decir una cosa u otra, hacer esto o aquello. En los tiempos que estamos viviendo el Señor nos llama a la heroicidad de nuestra fe, a ser claro y coherentes con lo que decimos creer y con lo que queremos vivir.
Así, el tiempo de Cuaresma será un tiempo de reparación, de poder recuperar el Fuego del Espíritu que fuimos perdiendo por ponernos de lado del mundo, de su pensar, de ajustar nuestra vida a los aires mundanos que nos llevan a aceptar y, casi casi, a vivir lo mismo que aquellos que no tienen el Espíritu del Señor, sino que aceptamos y vivimos las tinieblas del mundo.
Es un tiempo de reflexión, pero de seria reflexión que nos lleve no sólo a golpearnos el pecho por nuestros pecados, sino a implorar la fuerza del Espíritu para poder convertir nuestra vida y alcanzar la santidad.
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