Creo que más de uno de nosotros, como Pedro, Juan y Santiago, hemos tenido esa experiencia de encontrarnos tan a gusto con Jesús que queremos seguir así por mucho tiempo. Aunque, como dice el evangelista: "Pedro no sabía lo que decía", porque cuando el corazón está lleno de plenitud "revienta" de gozo y dice lo primero que le sale de adentro, quiere y necesita expresar de alguna manera el gozo que siente. Y, en ese momento, para Pedro lo mejor era instalarse junto a ese Jesús transfigurado.
La experiencia del Tabor, algunas veces, se esfuma demasiado rápido, porque como le pasó a los apóstoles, debemos volver a la realidad, y en la realidad no nos sentimos tan a gusto, sino que siempre surgen cosas que van "bombardeando" nuestra paz, nuestra alegría, nuestra esperanza. El cansancio de la rutina, el trabajo o el desempleo, la salud o la enfermedad, ¡y tantas cosas! que se nos acumulan en el día a día.
Por eso tenemos que tener más momentos de Tabor, más momentos de oración contemplativa, y no sólo de oración hablada (por ponerle un nombre) Pues nos acostumbramos a que nuestra oración sea hablar y hablar, o decir oración tras oración y, fijaos en este evangelio: los apóstoles sólo contemplan lo que tienen delante de sus ojos, contemplan a Jesús transfigurado. Y nosotros también podemos hacer lo mismo, pues Jesús está transfigurado en la Eucaristía, si nos acercamos al Sagrario Él nos espera ahí, y si hacemos silencio podemos contemplarlo y nos llenará de su Luz como lo hizo con los apóstoles en la cima del Tabor.
Claro que todo esto tiene su trampilla, porque al finalizar la contemplación, antes de que se termine ese momento, llega el Padre y nos dice: "Este es mi Hijo amado, ¡escuchadle!" y ahí se terminó lo hermoso de la contemplación. Sí, porque escucharlo significa obedecerle, ser Fiel a lo que Él nos dice en la oración, ser Fieles a lo que nos pide vivir cuando bajemos del monte.
Por que Jesús los lleva a los tres luego de hablarles de su pasión, y al bajar del monte suben a Jerusalén donde Él iba a aceptar su Pasión. Y ese Camino es el que nos da miedo.
Nos da miedo que Jesús nos pide algo que no queramos hacer. Nos da miedo que Jesús nos pida renunciar a algo a lo que estamos muy agarrados.
Nos da miedo que Jesús nos pide aceptar la Cruz como Él la acepto.
Nos da miedo que el Camino que tengamos que recorrer no sea el que YO había planeado para mi vida.
Nos da miedo que Jesús se tome en serio el hecho de que quiero ser cristiano.
Por esto y por todo lo demás subo pocas veces al Tabor, porque, en realidad, no quiero escuchar lo que el Hijo me dice. Sólo quiero gozar de su compañía pero, quizás, no hacer Su Voluntad. Y así me pierdo lo mejor del Camino: su Gracia, su Fortaleza, su Amor, su Luz, y, sobre todo, me pierdo el momento de resucitar junto con a Él a una Vida Nueva.
Espabilemos y démonos cuenta que nuestra vida está unida a la de Él y si realmente decimos que somos cristianos, vivamos como Cristo, subamos al Monte de la Transfiguración y escuchando Su Voz bajemos a la vida cotidiana a llevar la Buena Noticia del gozo de ser verdaderos cristianos.
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