De la Vida de san Antonio, escrita por san Atanasio, obispo
Cuando murieron sus padres, Antonio tenia unos dieciocho o
veinte años, y quedó él solo con su única hermana, pequeña aún, teniendo que
encargarse de la casa y del cuidado de su hermana.
Habían transcurrido apenas seis meses de la muerte de sus
padres, cuando un día en que se dirigía, según costumbre, a la iglesia, iba
pensando en su interior cómo los apóstoles lo habían dejado todo para seguir al
Salvador, y cómo, según narran los Hechos de los apóstoles, muchos vendían sus
posesiones y ponían el precio de la venta a los pies de los apóstoles para que
lo repartieran entre los pobres; pensaba también en la magnitud de la esperanza
que para éstos estaba reservada en el cielo; imbuido de estos pensamientos,
entró en la iglesia, y dio la casualidad de que en aquel momento estaban leyendo
aquellas palabras del Señor en el Evangelio: Si quieres ser perfecto, ve a
vender lo que tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego
ven y sígueme.
Entonces Antonio, como si Dios le hubiese infundido el recuerdo
de lo que habían hecho los santos y como si aquellas palabras hubiesen sido
leídas especialmente para él, salió en seguida de la iglesia e hizo donación a
los aldeanos de las posesiones heredadas de sus padres (tenía trescientas
parcelas fértiles y muy hermosas), con el fin de evitar toda inquietud para sí y
para su hermana. Vendió también todos sus bienes muebles y repartió entre los
pobres la considerable cantidad resultante de esta venta, reservando sólo una
pequeña parte para su hermana.
Habiendo vuelto a entrar en la iglesia, oyó
aquellas palabras del Señor en el Evangelio: No os inquietéis por el día
siguiente. Saliendo otra vez, dio a los necesitados incluso lo poco que se
había reservado, ya que no soportaba que quedase en su poder ni la más mínima
cantidad. Encomendó su hermana a unas vírgenes que él sabía eran de confianza y
cuidó de que recibiese una conveniente educación; en cuanto a él, a partir de
entonces, libre ya de cuidados ajenos, emprendió en frente de su misma casa una
vida de ascetismo y de intensa mortificación.
Trabajaba con sus propias manos,
ya que conocía aquella afirmación de la Escritura: Si alguno no quiere trabajar,
que tampoco coma; lo que ganaba con su trabajo lo destinaba parte a su propio
sustento, parte a los pobres.
Oraba con mucha frecuencia, ya que había aprendido
que es necesario retirarse para orar sin cesar: en efecto, ponía tanta atención
en la lectura, que retenía todo lo que habla leído, hasta tal punto que llegó un
momento en que su memoria suplía los libros.
Todos los habitantes del lugar, y todos los hombres honrados, cuya compañía
frecuentaba, al ver su conducta, lo llamaban amigo de Dios; y todos lo amaban
como a un hijo o como a un hermano.
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