martes, 29 de enero de 2019

No quiere sacrificios y holocaustos

El escritor de la Carta a los Hebreos nos hace una perfecta síntesis del sentido de la vida de Jesús, de cuál es su misión, y cómo vivir la obediencia al Padre.
"Por eso, al entrar él en en mundo dice:
«Tú no quisiste ni sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo - pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mi - para hacer, ¡oh Dios! tu voluntad».
Nos hemos acostumbrado a ofrecer al Señor sacrificios y holocaustos, no al modo del antiguo testamento, pero sí a nuestro modo del siglo XXI. Hoy vemos que se hacen muchos sacrificios: largas procesiones, largas caminatas a los santuarios, ofrecemos regalos a los santos, nos vestimos con los colores de la virgen o de los santos, llevamos grandes pesos sobre los hombros en semana santa, y tantas otras cosas más... pero... en muchos casos, no le ofrecemos al Señor nuestra voluntad, sino que nos quedamos, al regresar del sacrificio con nuestro querer, con nuestra forma de vivir, con nuestro mismo pecado.
Es decir no hemos comprendido que lo que no quiere el Señor son sacrificios externos, sino que quiere nuestra conversión interior. De nada vale que recorra cientos de kilómetros para visitar la tumba de un santo, si cuando regreso a casa aún no puedo perdonar o no busco la Voluntad de Dios para mi vida.
Jesús podría haber, quizás, hecho menos sacrifico o se hubiera quedado con la tradición judía de ofrecer un cabrito o algo más, pero no, se ofreció a sí mismo como sacrifico expiatorio porque esa era la Voluntad del Padre. Sabemos que no le fue agradable o fácil aceptarla, porque lo recordamos en el Huerto de los Olivos clamando a Dios: "¡Padre, si es posible que pase de mí este Caliz!". Pero no se quedó en esa súplica, sino que expresó al Padre lo que sentía, y sentía "una angustia de muerte" y en esa confianza con el Padre no podía no expresarle humanamente lo que sentía. Pero, al mismo tiempo sabía que su misión no era hacer lo mismo que los Hombres sino mostrar el Camino de la Obediencia en el Amor, y rescatarnos de la muerte.
Por eso, movido por lo que fue siempre su Ideal, dijo: "Pero que no se haga mi voluntad, sino Tú Voluntad". Y gracias a esa entrega nosotros hemos renacido a la vida de hijos de Dios.
Es cierto que el Camino a Santiago, las peregrinaciones, las procesiones, las ofrendas y los regalos, puedan servir para acercarnos más al Señor, para abrir nuestro corazón a una realidad nueva, pero no nos quedemos en que ya hicimos algo y nada más, porque el Señor nos pide algo más... nos pide una conversión del corazón, y que como María y Jesús podamos decir, cada día: aquí está la esclava del Señor, ¡hágase en mí según Tú Voluntad!.

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