Anoche me acordaba de algo que escuché, y, seguramente, se lo escuché al P. Efraín, alguna vez:
¿Sabes para qué sirve el dedo chiquito del pie? ¿Te acuerdas de él? Sólo nos acordamos, quizás, cuando nos lo golpeamos con la pata de la cama cuando nos levantamos muy dormidos o a oscuras... y ¡cómo duele! Duele tanto como cualquier otro órgano de nuestro cuerpo, y no sólo le duele al dedito sino que nos duele en todo el cuerpo.
Así somos cada uno de nosotros en el Cuerpo Místico de Cristo, no importa lo grande o pequeño que seamos, lo que importa es que seamos Fieles al lugar en el que Dios nos ha puesto, porque ¡ese! es mi lugar y ¡esa! es misión.
¿Se imaginan si todo nuestro cuerpo fuera dedo pequeño?
A veces no nos conformamos con el lugar que tenemos y siempre estamos mirando para otro lado o hacia otras personas, y por eso no hacemos ni lo nuestro ni dejamos que otros hagan lo que deben o pueden. No somos el ombligo de la Comunidad, sólo hay un ombligo en el cuerpo y no está lleno de ombligos.
No soy el Corazón del Cuerpo, sólo hay un Corazón en el Cuerpo de Cristo y ese es Él, El Señor. Él es quien sostiene con vida esta Cuerpo Místico que, de a ratos, parece que entra en coma y vuelve a vivir. Porque en realidad es Jesús quien sostiene la Vida de su Cuerpo, pero son los miembros quienes tienen que ir a alimentarse de la Vida del Corazón, de la Vida de Cristo.
Y no todos tenemos la misma misión en este Cuerpo, cada uno tiene una parte, pero esa parte es necesaria para el todo, pues si esa parte no estuviera algo faltaría. Por eso no nos tenemos que preocupar de no ser como tal o como cual, sino que nos tenemos que ocupar de ser nosotros mismos, lo que Dios quiere de nosotros en este lugar y en este tiempo, con esta gente y en esta comunidad.
Los órganos de nuestro cuerpo no han decidido lo que quieren hacer o cuándo lo quieren hacer, si dejan de hacer algo es porque están enfermos y si lo dejan completamente es porque están muertos. Y, a veces, eso pasa en nuestras comunidades: hay miembros que por no alimentarse de la Vida Verdadera parecen muertos y sólo molestan al resto de los miembros.
El centro de nuestra vida comunitaria es el Señor, porque Él es quien nos sostiene, alimenta y fortalece; porque todos los miembros del Cuerpo de Cristo tenemos una sóla misión: vivir como Cristo, hacer la Voluntad del Padre aquí en la tierra como en el Cielo. Pero si no nos encontramos con el Señor ¿cómo vamos a saber cuál es Su Voluntad? Si nos nos alimentamos del Pan de la Vida, ¿cómo vamos a tener la Vida de Cristo entre nosotros? Si no nos amamos como nos amó Cristo ¿cómo seremos presencia viva de Jesús en el mundo?
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