"Viéndolos fatigados de remar, porque tenían viento contrario, a eso de la cuarta vigilia de la madrugada, fue hacia ellos andando sobre el mar, e hizo ademán de pasar de largo.
Ellos, viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito, porque todos lo vieron y se asustaron.
Pero él habló enseguida con ellos y les dice:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo».
Lo mismo que sucedió con la multiplicación de los panes, Jesús se compadeció de las dificultades que tenían los apóstoles. Pareciera que quiere ir hacia ellos pero dice el evangelio: "hizo además de de pasar de largo". Pero no fue porque quisiera dejarlos solos remando, sino que quería ver si ellos podían reconocerlo. Y, no, no lo reconocieron sino todo lo contrario: "viéndolo andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y dieron un grito". Bueno, por un lado es lógico, ¿a quien se le ocurre ir caminando sobre las aguas? Sólo a Jesús, que Él haría cualquier cosa para estar al lado del que está sufriendo...
Sí, haría cualquier cosa y hace todo lo que puede para estar compadeciéndose del que sufre, del hambriento, del sediento, pero a veces nos sucede que no lo recnocemos cuando viene hacia nosotros. No sólo que nos asustamos cuando se acerca, sino que otras veces no tenemos lugar en nuestra barca para que Él suba. Y, otras tantas, ni siquiera tenemos tiempo, o tenemos tanto orgullo, que no reconocemos a ese Jesús que viene a darnos una mano, pues creemos que solos podemos contra viento y marea.
Ante el temor de lo que nos ocurre, Él siempre tiene las mismas palabras: "ánimo, soy yo, no tengáis miedo". Nos alienta siempre, en todo momento, pero, claro, no siempre nos alienta como nosotros esperamos, pues el ánimo es espiritual y ese es el tiempo que no siempre tenemos para escucharlo. Animarnos es fortalecer nuestra alma para que no se sienta derrotada, desesperada, sin esperanza, sin fuerzas para seguir remando aún cuando la tempestad sea muy brava. Porque, como dice alguien o algún refrán: los buenos capitanes se conocen en las grandes tempestades.
Y, claro, he aquí la cuestión, los buenos capitanes saben confiar en su tripulación, en quien tienen a su lado, pero, a veces, nosotros nos quedamos solos, o no dejamos que nadie conozca nuestras tempestades y pretendemos adentrarnos en solitario frente a un gran tifón.
Y aquí podríamos incorporar la carta de San Juan donde nos habla del amor de Dios y de nuestro amor. ¿Qué tiene que ver lo que estamos hablando con el amor? Mucho, porque cuando no ha tejido verdaderas relaciones de amor, con Dios o con los hermanos, entonces me es difícil confiar en ellos, porque para confiar primero tengo que conocer y amar, saber con quién estoy y, sobre todo, saber que quien está a mi lado me ayudará en todo lo que necesite, siempre me dará ánimos para saber hacer frente a las tempestades. Pero cuando el amor es sólo hacia mí mismo, entonces no confío en nadie más que en mí mismo, y por eso, en las tempestades o me hundo en medio de ellas, o pierdo todas las esperanzas de poder salir de ellas, o finalmente gasto todas mis energías y no consigo salir fortalecido, sino todo lo contrario.
La confianza que viene del que ama es la fortaleza para dejarme ayudar en los momentos de tempestades, pues siempre necesitaré una mano amiga que me ayude a sostener el timón del la barca de la vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.