"En aquel tiempo, Jesús entró otra vez en la sinagoga y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo".
Sabemos, por la experiencia, que todos somos distintos, cada uno ha nacido en un lugar diferente y tiene características diferentes, y, además Dios nos hizo diferentes a cada uno: únicos. Pero hay algo que todos tenemos en común y es el la marca de identidad que nos ha dejado el pecado original, y ahí, en ese pequeño lugar de nuestra alma, hay algo que nos hace iguales: el pecado.
No es algo por lo que hay que rasgarse las vestiduras, sino que es una realidad que tenemos que tener siempre en cuenta, porque en cuanto nos descuidamos ¡salta la liebre! es decir, se nos cuela por entre las manos nuestro propiio pecado: ya sea de soberbia, de vanidad, de orgullo, de esto o de lo otro.
Por eso mismo copie este párrafo del evangelio de hoy: nuestra mirada hacia los demás ¿cómo es? ¿estamos buscando siempre la paja en el ojo ajeno? ¿Por qué siempre estamos buscando la paja en el ojo ajeno y sobre todo de algunas personas (claro es de las que menos nos agradan)?
Hay algo claro que, también tenemos en común por ser seres racionales (la mayoría de nosotros) que es la capacidad de juzgar. Sí, en todo momento estamos haciendo un juicio de valor. Ahora en este momento estás pensando si seguir leyendo esto o no, y eso es un juicio de valor, estás valorando si estoy diciendo tonterías o es algo que puede ayudarte. Sólo tú tienes la respuesta.
Y lo mismo nos pasa con las personas: al mirarlas las juzgamos si son buenas, si son malas, si me interesan, si me ayudan, si esto o si lo otro. Y de acuerdo a cómo está mi ánimo o mis ganas, o si me he llevado bien o mal, o si me han dañado o no... entonces haré un juicio.
Los fariseos querían quitarse del medio a Jesús, por eso sus miradas siempre iban dirigidas a un mismo fin: acusarlo de blasfemo, por eso siempre juzgaban si cumplía o no la Ley. Y en este caso, Jesús sabiendo lo que pensaban les dijo:
"Y a ellos les pregunta:
«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?».
Ellos callaban. Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón, dice al hombre:
«Extiende la mano».
Lo extendió y su mano quedó restablecida.
En cuanto salieron, los fariseos se confabularon con los herodianos para acabar con él".
Y cuando no podemos acusarlo de algo, entonces buscamos cómplices que nos ayuden a condenar a quien ya hemos juzgado de antemano...
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