San Pablo al escribirle a Timoteo le dice:
"Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por imposición de mis manos porque, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, amor y de templanza".
Que "reavives el don de Dios que hay en ti por imposición de mis manos". Pablo no sólo le está hablando a un obispo o sacerdote, dado que la imposición de manos lo ha consagrado para el orden presbiteral, sino que también todos los bautizados hemos recibido el Don de Dios que nos ha hecho hijos de Dios, el Don de la Fe, del Amor y de la Esperanza. Un Don que, muchas veces, se va desvaneciendo con el paso del tiempo y con la rutina de los días. Un Don que va perdiendo fuerza no por quien lo ha dado, si no por quién lo ha recibido porque no ha sabido cultivarlo como merece. Como dice san Pablo "llevamos un tesoro en vasija de barro", y es el barro el que, muchas veces, prevalece en nuestras vidas y se va opacando la riqueza que Dios nos ha regalado con el bautismo y su Espíritu.
¿Cómo hacer para que ese Don no pieda brillo ni fuerza?
"Así pues, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios".
No temamos dar a conocer lo que somos ni quienes somos, vivamos cada día como si fuese el último de nuestras vidas y tuviésemos que presentarnos ante el Padre de los Cielos, para dar cuentas de qué hicimos con los talentos que Él nos regaló. ¿Cómo nos presentaríamos ante Él?
Pero, además de todo eso aprender a vivir con fortaleza y vigor, esperanza y alegría, siendo Luz, Sal y Fermento en medio de la masa del mundo, pues sólo cuando nos vamos entregando es cuando sentimos la necesidad de ir alimentando el Don que hemos recibido, porque cuando nada hacemos en nuestra vida sólo nos alimentamos para engordar, y el Don de Dios no engorda, sólo se desvanece en la medida que no se utiliza para lo que ha sido otorgado.
Está claro que nuestra entrega no siempre es en la acción apóstolica o evangelizadora de salir a la calle e ir casa por casa, puede ser, pero también hay otra acción evangelizadora que está encerrada entre las paredes de una casa porque la Cruz del Señor impide salir. Aceptar los padecimiento del Señor por el Evangelio es la entrega más generosa que le podemos ofrecer al Señor, así como el testimoniar en la familia, el lugar de trabajo, la escuela y por todos los lugares por donde el Señor me lleve. Lo importante es dejarnos conducir por Él y ser Fieles a la Vida que él nos pida vivir.
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