"Por los frutos los conoceréis", es una frase que muchas veces hemos escuchado y repetido. Y, en este caso, sirve para poder discernir cómo estamos viviendo, pues no sólo los frutos sirven para juzgar la vida de los demás, sino, sobre todo, para poder juzgar nuestra propia vida. Por eso San Pablo hace un breve pero contundente listado de los frutos de la carne y del espíritu, o frutos del "cumplir" y del "vivir".
¿Por qué del "cumplir" y del "vivir"? Porque cuando sólo "cumplo" con la ley, que es lo que le pasaba a la mayoría de los fariseos y doctores de la ley, con los cuales Jesús tiene palabras muy duras en el evangelio de hoy, no hay frutos buenos, porque sólo "cumplo", es decir, hago lo que hay que hacer en ese momento y después hago lo que se me da la gana, o hago lo que todos hacen o simplemente ni siquiera pienso lo que hay que hacer o no.
En cambio cuando "vivo" en el Espíritu entonces siempre estoy intentando vivir, no sólo cumplir. Cuando respiro, en cada momento, no lo hago para cumplir con una función de mi vida sino que es algo que tengo inconscientemente en mí. Pero saludar o no hacerlo es algo que tengo que hacer consciente. Pues bien, si la vida en el Espíritu fuera algo realmente vivido en mí no tendría por qué preocuparme por "cumplir" porque lo que la Ley manda siempre lo hago, pues está dentro del Espíritu. Y, estaría en mi forma de pensar y ser el hecho de discernir, constantemente, si lo que hago o digo es la Voluntad de Dios.
Por eso, cuando haga mi examen de consciencia, muchas veces, no saldrán grandes pecados y defectos porque siempre voy intentando vivir desde el Espíritu. Pero cuando sólo me dedico a cumplir con momentos "buenos", o hacer sacrificios externos a mí, entonces, muchas veces habrá situaciones pecaminosas o pecados graves que tendré que ir resolviendo con el tiempo.
¿Cuál es la fórmula mágica para poder vivir siempre en el Espíritu? No la hay, pero la hay, y la que nos da San Pablo es la que no queremos muchas veces pensar para nuestra vida:
"Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu".
Crucificar, cada día, nuestras pasiones humanas en la Cruz de Cristo, para que al despertar cada mañana podamos morir con Él en la Cruz, para vivir con Él en el Espíritu. Dejar que nuestro YO humano pueda deshacerse en su muerte y hacer que su Espíritu renazca en nosotros cada mañana, así poder crecer con Él, por Él y para Él y dar frutos del Espíritu en abundancia cada día.
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