"Mirad: yo, Pablo, os digo que, si os circuncidáis, Cristo no os servirá de nada.
Y vuelvo a declarar que todo aquel que se circuncida está obligado a observar toda la ley.
Los que pretendéis ser justificados en el ámbito de la ley, habéis roto con Cristo, habéis salido del ámbito de la gracia".
Pareciera que San Pablo está en contra de la Ley de Moisés, esa Ley por la que él tanto trabajo y que tanto celo tuvo antes de ser cristiano. Pero no es cierto que esté en contra de la Ley, pues el mismo Jesús dijo que: "no vengo a abolir la ley y los profetas, sino a darle cumplimiento". Entonces ¿qué es lo que quiere decir?
Vuelve sobre los mismos pasos de Jesús pero con otras palabras. Jesús se enfadaba mucho cuando veía a los judíios quedarse sólo con el cumplimiento de la letra de la Ley, o mejor dicho, con los preceptos que ellos mismos habían escrito sobre lo que decía la Ley. Se decían los grandes cumplidores de las prescripciones pero con sus leyes humanas dejaban de lado "la misericordia y la justicia".
"Pues nosotros mantenemos la esperanza de la justicia por el Espíritu y desde la fe; porque en Cristo nada valen la circuncisión o la incircuncisión, sino la fe que actúa por el amor".
La plenitud de la Ley que vivió Jesús no la vivió en el cumplimiento de prescripciones humanas, sino en la más absoluta obediencia a la Voluntad del Padre por el Amor, y así, como el mismo dijo: "en el amor a Dios y al prójimo radica la plenitud de la Ley", y la sintetizó en el "amaos unos a otros como Yo os amé". Por eso mismo san Pablo no habla de cumplir la Ley de Moisés sino de vivir la "fe que actúa por el amor", que es más difícil que solamente estar aferrados a si cumplí los 10 mandamientos o no.
A lo que San Agustín (como ya lo sabemos de memoria) va a decir: "ama y haz lo que quieras, pero primero ama". Porque lo más difícil en nuestra vida de fe es vivir el Amor a la medida de Jesús, como Él lo vivió. Porque nosotros vivimos un amor, a veces, demasiado humano, donde aún se deja ver aquello del "ojo por ojo y diente por diente", o del "si me la hace me la paga", o la que yo llamo la más cristianas de las hipocresías "a aquél le hice la Cruz, ya no existe en mi vida", es decir lo maté con la indiferencia.
El Camino de la santidad a la que Jesús nos ha invitado no es un camino de cumplir con varios requisitos o leyes, sino que es una viva a vivir en la plenitud del amor, o como escribía san Pablo: "mantenemos la esperanza de la justicia por el Espíritu y desde la fe que actúa por el amor".
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