sábado, 6 de octubre de 2018

Los pequeños y los milagros

"Dijiste:
“¿Quién es ese que enturbia mis designios sin saber siquiera de qué habla?”
Es cierto, hablé de cosas que ignoraba, de maravillas que superan mi comprensión.
Te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos; por eso, me retracto y me arrepiento, echado en el polvo y la ceniza».
Aunque la historia de Job puede resultar exagerada, quizás para algunos sea muy real porque para algunos es una historia que ha pasado o que ha vivido en algún momento. Las desgracias suelen suceder en la vida de cualquiera, y el cúmulo de desdichas o situaciones dolorosas nos hacen, muchas veces, clamar al cielo y, en otros, hasta enfadarnos y renegar de Dios.
Éste último diálogo con Dios es una muestra de lo que sucede cuando, a pesar de los dolores y oscuridades, el corazón puede volver a encontarse con el verdadero rostro del Señor. Cuando nos damos cuenta de lo que hemos dicho o echo en contra del Señor o en contra de nuestros hermanos o en contra de uno mismo, el arrepentimiento no lleva a decir:
"Es cierto, hablé de cosas que ignoraba, de maravillas que superan mi comprensión".
El reconocer nuestro error y pedir disculpas por lo hablado o realizado en contra de otros, no nos debilita, al contrario, nos fortalece porque nos enseña de nuestro errores y el pedido de perdón vuelve a fortalecer una relación que se había perdido.
Es cierto, también, que cuando nos vamos haciendo mayores el orgullo y la vanidad crecen, muchas veces, con nosotros, y es ese pecado el que no nos deja ver las maravillas que se han realizado en nuestras vidas. Porque son esas maravillas que no vemos cuando estamos enfadados o cuando nuestro corazón están ensombrecido por el dolor, lo que nos impide descubrir el abrazo de Dios o del hermano que viene en nuestra ayuda.
Son los pequeños milagros que se producen, todo los días, en nuestras vidas los que nos perdemos de gustar cuando nos volvemos tan "maduros" que sólo nos ocupamos de las cosas grandes. Cuando sólo vivimos para hacer cosas y no para disfrutar de lo que tenemos entonces todo se vuelve casi insípido en nuestra vida y perdemos el gusto de saborear lo pequeños placeres que nos da el Señor en el día a día.
Por eso mismo el Señor nos dice:
"Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a los pequeños".
Los pequeños milagros de todos los días los descubren las almas pequeñas se dejan encandilar por los secretos y los regalos que sólo el Padre puede darles y que ellos pueden descubrir cuando cerca de Él están.

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