De las Instrucciones de san Columbano, abad
¡Cuán dichosos son aquellos siervos, a quienes el amo a su llegada encuentra
velando! Feliz aquella vigilia en la cual se espera al mismo Dios y Creador del
universo, que todo lo llena y todo lo supera.
¡Ojalá se dignara el Señor despertarme del sueño de mi desidia, a mí, que,
aun siendo vil, soy su siervo! ¡Ojalá me inflamara en el deseo de su amor
inconmensurable y me encendiera con el fuego de su divina caridad!;
resplandeciente con ella, brillaría más que los astros, y todo mi interior
ardería continuamente con este divino fuego.
¡Ojalá mis méritos fueran tan abundantes que mi lámpara ardiera sin cesar,
durante la noche, en el templo de mi Señor e iluminara a cuantos penetran en la
casa de mi Dios! Concédeme, Señor, te lo suplico en nombre de Jesucristo, tu
Hijo y mi Dios, un amor que nunca mengüe, para que con él brille siempre mi
lámpara y ,no se apague nunca y sus llamas sean para mí fuego ardiente y para
los demás luz brillante.
Señor Jesucristo, dulcísimo Salvador nuestro, dígnate encender tú mismo nuestras
lámparas para que brillen sin cesar en tu templo y de ti, que eres la luz
perenne,
reciban ellas la luz indeficiente con la cual se ilumine nuestra oscuridad y se
alejen de nosotros las tinieblas del mundo. Te ruego, Jesús mío, que enciendas
tan intensamente mi lámpara con tu resplandor que, a la luz de una claridad tan
intensa, pueda contemplar el santo de los santos que está en el interior de
aquel gran templo, en el cual tú, Pontífice eterno de los bienes eternos, has
penetrado; que allí, Señor, te contemple continuamente y pueda así desearte,
amarte y quererte solamente a ti, para que mi lámpara, en tu presencia, esté
siempre luciente y ardiente.
Te pido, Salvador amantísimo, que te manifiestes a nosotros, que llamamos a tu
puerta, para que, conociéndote, te amemos sólo a ti y únicamente a ti; que seas
tú nuestro único deseo, que día y noche meditemos sólo en ti y en ti únicamente
pensemos. Alumbra en nosotros un amor inmenso hacia ti, cual corresponde a la
caridad con la. que Dios debe ser amado y querido; que esta nuestra dilección
hacia ti invada todo nuestro interior y nos penetre totalmente, y hasta tal
punto inunde todos nuestros sentimientos que nada podamos ya amar fuera de ti,
el único eterno. Así, por muchas que sean las aguas de la tierra y del
firmamento nunca llegarán a extinguir en nosotros la caridad, según aquello que
dice la Escritura: Las aguas torrenciales no podrían apagar el amor.
Que esto llegue a realizarse, al menos parcialmente, por don tuyo, Señor
Jesucristo, a quien pertenece la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
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