"Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos».
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres".
Y el Salmista nos hace repetir: "El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres".
Una antífona que tiene que estar más en nuestros labios. Una antífona que no sólo repetimos sino que nos hace tomar conciencia de si en verdad reconocemos la Obra de Dios en nuestras vidas, si nos damos cuenta de todo lo que el Padre ha realizado en nosotros, y lo que va haciendo día a día. Por que si miramos con mirada de niños, cada día nuestro, veremos cuántas cosas ha hecho el Padre por nosotros, cuántos regalos nos ha dado para alentar, sostener y fortalecer nuestra vida.
Pero, en realidad, la realidad de cada día nos va encegueciendo de a poco y no somos capaces de alegrarnos por las cosas sencillas y pequeñas de todos los días que suceden a nuestro alrededor, e incluso, de aquellas que los que nos quieren hacen por nosotros. Porque los agobios, los trabajos, nuestros proyectos, y ¡tantas otras cosas más! que creemos que tenemos que hacer y que queremos hacer, no nos dejan ver más que lo que tenemos delante de nuestras narices y no podemos descubrir lo bello que hay en cada día.
La ceguera de la rutina no nos deja dedir un "te quiero" o aceptar un "te quiero" con una sonrisa, regalar un beso, dar un abrazo, hacer un favor, descubrir una caricia al alma, ofrecer el perdón, disfrutar del amanecer o de una flor, de una charla con amigos, o simplemente del compartir el silencio o saber escuchar a quien sólo quiere hablar.
¡Hay tantas cosas en un día que nos pueden asombrar de lo que Dios nos regala! Y, sobre todo, cuando abrimos nuestros ojos a nuestros hermanos ¡hay tantos hermosos gestos con los que les podemos alegrar el día!
La rutina de este siglo XXI nos ha enceguecido, nos lleva de narices por lugares en dónde sólo se ven los números de la productividad y no se ven los gestos del amor, de la amistad, y, ni qué hablar si tengo que gustar de los gestos sobrenaturales que Dios me regala, porque esos son los que necesitan una mirada diferente desde el silencio y la paz del alma.
Creo que, nosotros como Bartime (el ciego del evangelio) tenemos que gritar "¡Jesús, hijo de David, que vea!" para que mi vida comience a tener la Luz del Espíritu y pueda así disfrutar cada día de mi ser Hijo de Dios, de gozar al tener un Padre Todopoderoso creador del Cielo y de la Tierra; de disfrutar porque tengo un Hermano Mayor que entregó su vida por mí y que me alimenta con su Vida en cada Eucaristía; alegrarme porque el Espíritu del Amor me alienta y me ayuda, cada día, a vivir encendido en deseos de santidad y armoniza mi vida con sus suaves Dones; y, sobre todo, sentirme Niño porque tengo una Madre que quiere sostenerme en sus brazos, que quiere cobijarme en su regazo y me lleva de sus Manos hacia la Vida verdadera.
¡Jesús, hijo de David, que vea!
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