En alguna de sus cartas san Pablo nos dice que no recibimos porque no sabemos pedir, pues si lo dejásemos al Espiritu Santo que mora en nosotros que Él pida al Padre por nosotros sí que recibiríamos más de lo que pedimos. Pero no es así, no siempre dejamos que el Espíritu Santo nos inspire lo que tenemos que pedir, y, muchas veces, ni siquiera pedimos el Espíritu para poder estar en relación con el Padre.
Algo así le debe haber pasado a la comunidad de los Gálatas con quienes san Pablo tiene palabras muy duras:
"¡Oh insensatos Gálatas!
¿Quién os ha fascinado a vosotros, a cuyos ojos se presento a Cristo crucificado?
Solo quiero que me contestéis a esto: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley,o por haber escuchado con fe?
¿Tan insensatos sois? ¿Empezasteis por el espíritu para terminar con la carne?
¿Habéis vivido en vano tantas experiencias? Y si fuera en vano..."
Tantas experiencias de fe hemos tenido junto al Señor, tantos gestos y milagros ha obrado en y con nosotros, que no siempre los tenemos en cuenta porque no estamos pendientes de ellos, sino de lo que nosotros creemos que nos hace falta y no lo tenemos. Vivimos más pendiente de lo que pasa a nuestro alrededor, de lo que nos falta en la vida, y por eso nos olvidamos de los bienes espirituales y del Espiritu que habita en nosotros para que nos ayude a encontar el camino de la paz, el camino del perdón, el camino de la santidad.
Claro que pedimos. Siempre pedimos. Porque siempre tenemos en cuenta lo que nos dijo Jesús: "Pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá", pero siempre nos olvidamos de la última parte de esta parábola:
"¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?"
No pedimos el Espñiritu Santo para que nos ayude a ver, a discernir, a tener fuerzas para llevar la Cruz, para decirle que sí al Padre, para poder perdonar, para saber amar, para atemperar nuestras pasiones, para sanar nuestras heridas... ¡Tantas cosas tiene el Espíritu Santo para nosotros y no se las pedimos! Pedimos lo que vemos con los ojos del cuerpo, pero no lo que nos falta en el alma, y eso es esencial, esa es la parte más importante de nuestra vida: que nuestra alma esté unida al Espíritu Santo para poder no sólo alcanzar para nosotros la santidad, sino para llevar los gozos del Espíritu por donde vayamos.
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