miércoles, 5 de septiembre de 2018

Me hablarás al corazón

San Pablo siguiendo su disertación en la carta a los Corintios quiere hacerles ver que, a pesar de haber recibido el Espíritu que los hace hijos de Dios y, por eso, hombres espirituales, aún no han crecido lo suficiente para poder entender las "cosas del espíritu", y les dice:
"En efecto, mientras haya entre vosotros envidias y contiendas, ¿no es que seguís siendo carnales y que os comportáis al modo humano? Pues si uno dice «yo soy de Pablo» y otro, «yo de Apolo», ¿no os comportáis al modo humano?".
"Por los frutos los conoceréis", y así es nuestra vida, si los frutos que vamos dando en nuestro día a día no son verdaderos frutos del espíritu, es que aún no hemos crecido ni madurado en el espíritu, sino que nos dejamos llevar por las pasiones humanas, por deseos humanos. Pero ¿cuáles son los frutos del Espíritu? Alegría, esperanza, justicia, paz, fraternidad, todo aquello que, verdaderamente desea el hombre pero que no puede llegar a conquistar si no se pone en manos del Señor, si no se da cuenta que para alcanzar esos frutos tiene que dejar conducir y llenar del Espíritu Santo.
¿Cuánto tiempo tenemos en el día para orar, para reflexionar la Palabra, para hacer silencio y que el Espíritu Santo nos vaya instruyendo? ¿Cuánto tiempo estamos metidos en las cosas del mundo sin pensar en la Voluntad de Dios? ¿Nos damos cuenta que al comenzar el día no nos ponemos en manos de Dios para que sea Él quien oriente mi vida?
Y no es que necesitemos varias horas para el encuentro con el Señor, porque no todos somos monjes contemplativos, sino que, cada uno, según su propio estilo de vida (sacerdote, religioso/a, laico/a) necesita un timepo apropiado para el encuentro con el Señor, pues a cada uno el Señor te pide algo y, sobre todo, si estamos en disposición de darlo, Él nos dará mucho más para poder ser Fiel a su Palabra.
Por eso, cuando el espíritu no está maduro, no está fuerte, entonces nos dejamos llevar por meras deducciones humanas, por lógica humana, por el instinto de conservación, por la curiosidad humana y así vamos dando frutos humanos que no son los que el Señor nos pide que demos. Porque las envidias, las discusiones, las divisiones entre nosotros surgen de nuestro orgullo, de nuestra vanidad, de nuestro deseo de ser protagonistas, de nuestro desmedido apetito de poder...
¿Cuál es la fórmula? No hay ninguna o mejor dicho muchas, pero una es segura: la que nos enseña Jesús en el evangelio de hoy, quien al curar a muchos enfermos dice:
"al hacerse de día, salió, y se fue a un lugar desierto". Cada uno tiene ese lugarcito que debe buscar, ese desierto en dónde sólo me encuentre con Él para que me hable al corazón, y me ayude a madurar en el Espíritu.

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