sábado, 15 de septiembre de 2018

En el Amor de María

"Por los pecados del mundo, vio a Jesús en tan profundo tormento la dulce Madre. Vio morir al Hijo amado, que rindió desamparado el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!, hazme sentir tu dolor para que llore contigo. Y que, por mi Cristo amado, mi corazón abrasado más viva en él que conmigo.

Y, porque a amarle me anime, en mi corazón imprime las llagas que tuvo en sí. Y de tu Hijo, Señora, divide conmigo ahora las que padeció por mí".

Sería imposible describir en palabras humanas el dolor de una madre al ver morir a su hijo, pero más aún es imposible describir el dolor de María al ver morir de semejante dolor a Su Hijo, a Su Único Hijo. Y la única imagen que se hace visible es la de la profecía del viejo Simeón: "a tí misma una espada te atrevasará el corazón". Y fue en ese momento, el del último suspiro del Hijo, cuando se hicieron realidad las palabras de la profecía.
Y cuando uno piensa que "una espada le atravezó el corazón", se imagina que su alma quedó muerta, sin vida. Y no ha sido así. El alma de María no murió junto a la Cruz de su Hijo, sino que en ese momento el corazón de María se hizo un corazón universal, pues el Amor del Hijo se hizo Vida en el Corazón de la Madre, porque ya era el Hijo quien la hizo Madre de todos los Hombres: "Mujer, ahí tienes a tu hijo".
El Corazón Inmaculado de María no sólo fue traspasado por la espada del dolor, sino que fue traspasado por la espada del Amor, un Amor que llenó su vida y que lo fue dando a cada uno de los hijos que en mismo corazón comenzaron a nacer. Por eso esta secuencia de los Dolores de María nos dice: "¡Oh dulce fuente de amor!". Y María es eso una fuente constante de amor, pero del Amor más puro y verdadero que no nace del hombre ni de la carne, sino que nace del Árbol de la Cruz, donde su Hijo nos entregó todo Su Amor y lo dejó en el Corazón Inmaculado de la Madre.
Por eso, cuando nos acercamos a María es Ella quien nos tiende la mano para llevarnos al Hijo, porque sólo el Amor del Hijo, cuando se derrama en nuestros corazones nos hace capaces de poder vivir, como Ella, la Voluntad del Padre.
Y así, tomados de la mano de María, llevados hasta el Hijo seremos capaces de abrazar la misma Cruz, de amar con el mismo Amor, de ser Fieles con su Espíritu y alcanzar la meta que el Padre soñó para nosotros.

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