sábado, 1 de julio de 2017

Señor, no soy digno de que entres en mi casa

¡Cuantas enseñanzas que tiene la Palabra de Dios en este sábado! Pero no podré abarcarlas todas, pues me pasaría horas intentando desgranarla: el diálogo de los enviados de Dios con Abrahán y Sara; el Magníficat que nos hace meditar el salmo responsorial; y el evangelio con tantas cosas tan lindas de parte del Señor. Pero me parece que todo va unido en dos frases del evangelio, de las cuales una la repetimos en cada misa.
La primera de las frases es la afirmación del centurión a Jesús: "Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le dijo a uno: “Ve” y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace". Nosotros repetimos en cada Misa: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme", es lo que le decimos al Señor en la presencia viva de la Eucaristía.
Y fijaos lo que le responde Jesús al centurión: "En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe". ¡Una hermosa afirmación de Jesús! que ojalá podamos nosotros hacernos eco de semejante afirmación, y, en realidad, también lo dice por nosotros cada vez que nos asombramos de su Presencia Viva en la Eucaristía, pues Él viene a salvarnos, a sanarnos, a darnos Nueva y Buena Vida con su propia Vida. ¡Y esa es nuestra fe! Es lo que nos hace cada día levantarnos con la esperanza renovada de poder vivir en Fidelidad a la Voluntad del Padre.
Y San Mateo nos cuenta que después de esos milagros:
"Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades»
Y ese ha sido siempre el impulso del Amor del Padre y del Hijo, pues el Hijo "no hace otra cosa que lo que le ha visto hacer al Padre": sanar nuestras dolencias y cargar con nuestras enfermedades", pero no principalmente las del cuerpo sino las del alma que son las que nos desmejoran el cuerpo, pues un alma sin vida se refleja en un cuerpo que, cada día, está sin alegría, sin esperanza, sin amor; un cuerpo que día a día va perdiendo la vida aunque todos los días se levante con la luz del sol.
Él viene cada día a alimentar nuestra Fe, a sostener nuestra Fe, a limpiar y cubrir las llagas que el pecado va haciendo en nuestra alma, para que siempre estemos sanos y fuertes para seguir sembrando el gozo del Evangelio en el corazón de todos los que el Señor pone a nuestro lado. Y así con la alegría del Espíritu, como María decir al Señor:
"Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.
Porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mi:
su nombre es santo".

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.