"Después, Moisés, tomó el documento de la alianza y se lo leyó en voz alta al pueblo, el cual respondió:
«Haremos todo lo que ha dicho el Señor y le obedeceremos».
Entonces Moisés tomó la sangre y roció al pueblo, diciendo:
«Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras».
Resulta fácil, a veces, responder a Dios con estas palabras cuando nos sentimos muy cautivados por lo que Él ha hecho por nosotros. El Pueblo de Israel, cuando Moisés bajo del Sinaí, escuchó todo lo que Dios le había dicho a Moisés y eso lo cautivó. En ese momento se sintieron felices y protegidos y por eso pudieron hacer esa Promesa al Señor: "haremos todo lo que ha dicho el Señor y le obedeceremos".
Pero bien sabemos que, con el tiempo, esa misma felicidad y esas mismas palabras van perdiendo fuerza, van perdiendo valor para quienes las han dicho.
Hoy, en este siglo XXI, quizás, más que en otros, la palabra ha perdido mucho valor, las promesas ya no son tan fuertes en la vida de los hombres, y lo que hoy escribo con la mano mañana lo borro con el codo.
Como nos explicaba a Jesús en la parábola del Sembrador, es la palabras que cae entre piedras, o abrojos nace con fuerza pero por falta de raíces se seca en enseguida. Los agobios, los deseos del mundo, las preocupaciones de cada día hacen que pierda la constancia en la relación con Dios y se va secando aquello que un día me dio energía, seguridad, esperanza y sentido en mi vida.
Por eso el Señor selló una Alianza Nueva con el Hombre, no ya con la sangre de corderos y chivitos del holocausto, sino con su misma sangre derramada en la Cruz, una Sangre que se hace presente en cada Misa, una Alianza que se perpetúa en el Tiempo gracias a la celebración de la Eucaristía, pues en el altar celebramos el misterio de la Muerte y Resurrección de Jesús, y es Él mismo quien vuelve a entregar su Sangre como Alianza Nueva. Así, cada vez que nos acercamos al Altar de la Eucaristía, volvemos a sellar la Alianza con el Señor, y es Él mismo Quien se nos entrega como Vida Nueva para renovar y ayudarnos a mantenernos Fieles a la Alianza que hemos sellado con Él.
Nuestra Promesa de Fidelidad a la Vida que Jesús nos dio, la renovamos cada vez que nos acercamos a comulgar, cada vez que los recibimos en Su Cuerpo y en Su Sangre, renovamos nuestra Alianza de Amor con Dios y con los hombres, nuestros hermanos.
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