Es algo normal que escuchemos alguna vez: "no valoramos las cosas o las personas hasta que las perdemos". Y así le pasó al Pueblo de Israel, cuando tuvieron hambre en el desierto comenzaron a valorar las cebollas y la carne que comían en Egipto. A pesar de estar esclavos del faraón, pero lo que más recordaban era que comían bien.
¿Pero vale más la libertad o las cebollas y la carne?
Cuando buscamos algo más alto y valioso no da pena dejar lo que tenemos, como en las parábolas del Reino: los que encuentran un gran tesoro escondido van y venden todo para comprar el tesoro. Incluso el esfuerzo es valorado cuando lo que se busca es algo que vale más que lo que tengo.
Cuando no le damos el verdadero valor a lo que vendrá siempre nos parece más valioso lo que tenemos, y por eso no lo dejamos. Así nos pasa con los bienes del Cielo, aún no los valoramos lo suficiente como para dejar los bienes de la tierra y lanzarnos por la conquista de los bienes celestiales. Aún queremos mucho las "delicias" terrenales y por eso no vamos detrás de santidad, nuestra libertad y nuestra voluntad es más valiosa que la Voluntad de Dios, y por eso no dejamos que Él sea nuestro Dios y Señor aunque siempre lo decimos con nuestros labios.
"Tentaron a Dios en sus corazones,
pidiendo una comida a su gusto;
hablaron contra Dios: «¿Podrá Dios
preparar una mesa en el desierto?"
Le pedimos a Dios cosas increíbles e imposibles para decirle: Ah! No lo puedes hacer, pues bien yo tampoco hago lo que me pides. Así quedo libre en conciencia de no hacer su Voluntad, y seguir así haciendo lo que a mi me parece, y no lo que Él me pide que viva. Y, aunque vea que lo que Él me muestra al final del camino es lo que yo quiero y anhelo, aún todavía no estoy listo para dejar lo que estoy viviendo.
Lo peor de todo esto es que, muchas veces, como el Pueblo de Israel, sabemos que estamos esclavos de algo que no nos da vida ni plenitud, pero nos gustan las cebollas y la carne que nos brinda. Sabemos que somos esclavos pero anhelamos la libertad. Queremos la libertad pero nos da miedo el precio que tenemos que pagar, sin saber que el precio que se ha pagado por nuestra liberad es la Sangre del Hijo de Dios, una sangre que se nos da cada día en la Eucaristía, para que un día y otro nos libere de la esclavitud del pecado y nos devuelva la Gracia que el mismo pecado nos ha quitado.
Cuando descubramos que la vida en Dios es nuestro gran tesoro no dudaremos en pasar hambre en el desierto hasta alcanzar la Tierra Prometida, y aunque el recuerdo de las cebollas y la carne de Egipto nos nuble la vista, seguiremos seguro por el Camino que nos lleva el Señor.
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