Cuando Jesús terminó de hablar los discípulos le pidieron que les explicara la parábola de la cizaña y el trigo:
"Él les respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.
Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre.
¡El que tenga oídos, que oiga!»
Hay dos cosas que quisiera compartir, por un lado comenzaré por el final: "El que tenga oídos, que oiga", o lo que escuchamos a menudo en el refranero popular: "no hay peor sordo que el que no quiere oír". Si realmente nos interesa lo que el otro me está diciendo puedo hacer el esfuerzo por entender, primero, quizás por escuchar, pero sobre todo por entender lo que me dice, porque si realmente no me interesa lo que dice, o porque lo que me va a decir no me va a gustar o porque quien lo dice no me gusta, entonces no voy a entender por más que me lo expliquen.
Entonces, lo primero es estar siempre dispuesto a querer escuchar y entender lo que Dios nos dice, pues Él nunca nos va a hablar directamente: no tiene móvil, ni teléfono, ni internet. Así que Él nos va a hablar a través de otros medios, personas, acontecimientos y yo tengo que estar atento si quiero saber qué me dice.
Por otro lado con respecto a la parábola: muchas veces sabemos quiénes son los que siembran cizaña, pero lo que no nos damos cuenta es que también, a veces, somos cómplices y ayudamos a esparcir la cizaña. Cuando abrimos nuestros oídos y nuestros labios para escuchar y transmitir la cizaña que otros siembran. Y como se dice en derecho penal: el cómplice tiene la misma pena que quien comete el delito.
Tampoco vale el decir: "uy! lo dije o lo hice sin darme cuenta". No. Todo lo que sale de tus labios o lo que haces en cada día tiene que estar pensado y reflexionado. Por eso aquí vale una frase popular que dice: "antes de poner tu lengua en movimiento pon tu cerebro en funcionamiento", y lo mismo para todos tus actos. Pues una vez que lo has dicho o hecho ¡ya está! tú eres el actor de eso.
Pues pidamos al Espíritu que siempre pensemos y reflexionemos acerca de a quién escuchamos, qué escuchamos y qué transmitimos o hacemos.
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