"En aquel tiempo, se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían convertido..."
No siempre descubrimos cuáles son los milagros que el Señor obra en nosotros, por eso no siempre damos Gracias por lo que recibimos, y, sobre todo, siempre reprochamos que por nosotros no hace nada o que siempre nos pide lo más difícil a los mismos. Y ahí está el sentido de nuestra conversión: no nos hemos convertido de corazón a Su Palabra, pues seguimos pensando como piensa el mundo: en un sentido materialista del si te pido me das, si te doy me das, si yo creo no tengo que sufrir, si yo creo no me puede pasar esto.... y tantas otras cosas más, que son fruto del pensar mundano que tenemos los cristianos.
Por esa razón Jesús se enfadó tanto con las ciudades donde había hecho grandes milagros, porque no llegaron a entender la Palabra de Dios. Así fue que en un momento también dijo: "cuando vuelva el Hijo del Hombre ¿encontrará fe sobre la tierra?"
Incomoda mucho tener que escuchar de los que se dicen cristianos tantas quejas contra Dios, tanto reprocharle esto y aquello, y no ver que lo que Él hizo con nosotros es mucho más de lo que nosotros hacemos por Él. Claro que Él no necesita nada de nosotros, aunque lo que Él nos pide es que lo hagamos por los demás, que aceptemos Su Voluntad, aunque en un primer momento no estemos dispuestos, pero "que no se haga mi voluntad sino la Tuya".
Debemos encontrar le modo de acercarnos tanto a Dios que Él pueda purificar nuestro corazón de tanta mundanidad, de tanto pensamiento egoísta que nos impide aceptar lo que Él nos pide vivir o nos permite vivir. Porque cuanto más luchamos contra Dios más nos hundimos en nuestro propio fango y se hace realidad lo que dice el salmo de hoy:
"Me estoy hundiendo en un cieno profundo
y no puedo hacer pie;
he entrado en la hondura del agua,
me arrastra la corriente".
¿Cómo salgo de ese fango? ¿Cómo vuelvo a la superficie de la Luz? Cuando Pedro quiso andar sobre las aguas como Jesús, Jesús no se lo impidió, pero quitó la mirada de Jesús y comenzó a hundirse. Para salvarse le gritó al Señor: "¡Señor, sálvame!" Y el Señor volvió a rescatarlo de su miedo, pero se dijo: "¡Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?"
A veces pedimos cosas que no sabemos si las vamos a poder vivir. Queremos caminar sobre las aguas pero no tenemos la fe suficiente como para mantenernos en pie. Por eso hemos de aceptar la Mano tendida del Señor para que sea Él quien nos conduzca y nos mantenga sobre las aguas, caso contrario volveremos a hundirnos una y otra vez.
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