El libro del Génesis nos presenta un pasaje que, quizás, nos suene a extraño y doloroso a la vez, pues Rebeca la esposa de Isaac engaña a su marido para que su hijo menor reciba la bendición de primogénito del padre, y, claro que el hijo acepta ese engaño. Es doloroso porque muestra la bajeza a la que llegamos muchas veces por querer tener lo que los otros tienen y no aceptar y hacer crecer lo que somos.
Ya desde adolescentes comenzamos a pensar y admirar (que está bien) lo que los demás tienen y nosotros no, algo que nos ayudaría a crecer y a buscar los talentos que nos interesan y que, quizás, no tenemos pero que podemos llegar a conseguirlos.
Pero cuando esa admiración se transforma en obsesión se neutralizan todos los valores que el Señor nos ha dado, y comenzamos una lucha para querer ser como el otro/a y no nos damos cuenta que no crecemos como Dios quiere. Nuestra mirada está, a veces, tan puesta en los valores, en los talentos u otras cosas que tienen los demás que nos olvidamos o no nos damos cuenta que despreciamos lo que nosotros tenemos.
Por eso es que las comparaciones no siempre son buenas. Se da en las familias, muchas veces, compara a los hijos: "mira a tu hermano que bien lo hace", "si fueras como tu hermano...". Pero también se da entre los adultos de querer compararse y querer iniciar una carrera de mayor poderío, para ver quién tiene el suelo más alto, o el cargo más alto, o el coche más nuevo, o la casa más lujosa. Y así nos olvidamos de disfrutar y de vivir con las cosas hermosas que hemos conseguido a lo largo de la vida. Siempre queremos más y vamos perdiendo lo que tenemos, porque en esa carrera de "tener" van pasando los años y perdemos vida, y no disfrutamos del amor.
Valora lo que tienes y esa será la mejor bendición que el Señor, tu Padre, te ha dado. No quieras vivir la vida de otros, vive y se Fiel a la Vida que el Señor te ha dado a Tí. Pregúntale, en todo caso, a Él cuál es el sentido que tienes que darle a tu vida y verás como aquello que anhelabas de los demás lo tienes tú y en cantidad. Pero deja que el Espíritu te quite, como a San Pablo, las escamas de los ojos y puedas ver con mayor claridad todo lo que tienes, y verás los grandes tesoros que hay en tu vida y que te enriquecerán en gran medida.
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