miércoles, 12 de julio de 2017

Una historia que siempre ocurre

Una historia de dolor, de envidia, de perdón es la historia de José que nos relata el Génesis, hoy. Y hay, sobre todo, una frase que me llamó la atención.
"Ellos aceptaron, y se decían:
«Estamos pagando el delito contra nuestro hermano, cuando le veíamos suplicarnos angustiado y no le hicimos caso; por eso nos sucede esta desgracia».
Intervino Rubén:
«¿No os lo decía yo: “No pequéis contra el muchacho”, y vosotros no me hicisteis caso? Ahora nos piden cuentas de su sangre».
Los hermanos, a pesar del argumento de Rubén, vendieron a José porque le tenían envidia, pues él era el preferido de su padre. La envidia y el rencor los llevó al odio por el que quisieron deshacerse de José, vendiéndolo a unos que pasaban por ahí.
Pero Dios tomó la "desgracia" de José para transformarla en Gracia para él y para su pueblo, con el tiempo.
Pero lo que me llamaba la atención es que Rubén vuelve a recordarle a sus hermanos su intervención en aquél momento, pues si le hubieran hecho caso ahora no les pedirían cuentas por el pecado cometido.
Sucede muy a menudo que la envidia y el rencor se unen en nuestros corazones y nos llevan a cometer grandes delitos que, quizás no sean como los de los hermanos de José, pero sí hacemos cosas que después no sabemos cómo deshacerlas, cómo pedir perdón, cómo volver a la reconciliación no sólo con los demás, sino con uno mismo.
No nos damos cuenta cuando la semilla del rencor y el odio comienza a echar raíces en nuestro corazón, hasta que llega el momento en que ya es imposible poder quitarla. Es imposible con nuestras propias fuerzas, pues ya no tenemos la Gracia para poder sanar nuestro corazón.
Por eso el Señor nos ha dado la Gracia del Perdón por medio del Sacramento de la reconciliación, Él conociendo la dureza y debilidad de nuestros corazones nos dejó su Gracia en sus apóstoles para que sean ellos quienes puedan sanar nuestras heridas, curas nuestras dolencias, devolvernos al estado puro del corazón sin pecado.
Cuando creemos que no tenemos pecado es cuando más necesitamos del Señor, pues en nuestra vanidad no llegamos a descubrir nuestras faltas de amor que van haciendo heridas en el corazón de los demás y en el nuestro propio. Estamos acostumbrados hoy en día a no tener conciencia de pecado que se nos hace difícil descubrir que necesitamos del médico para que nos devuelva al estado de Gracia que necesitamos para vivir en Fidelidad a Dios.

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