"Hijo mío, si aceptas mis palabras, si quieres conservar mis consejos, si prestas oído a la sabiduría y abres tu mente a la prudencia; si haces venir a la inteligencia y llamas junto a ti a la prudencia; si la procuras igual que el dinero y la buscas lo mismo que un tesoro, comprenderás lo que es temer al Señor y alcanzarás el conocimiento de Dios".
Escuchamos o leemos, muchas veces, que debemos tener la mente abierta, pero ¿abierta a qué? Y el libro de los Proverbios nos da la respuesta que no es otra que la misma Palabra. Hoy se nos pide que tengamos la mente abierta para cambiar nuestros valores morales y cristianos, que nos dejemos llevar por los "nuevos" aires de estos "nuevos" tiempos, que en realidad no tienen nada de nuevo ni de originales, pues todo lo que el hombre está viviendo en estos tiempos nuevos, es lo mismo que se ha vivido en toda la historia de la humanidad.
Quizás hoy todo es más conocido y todo se va más por los medios de comunicación, lo que no había en las otras épocas en donde en muchos imperios se vivía todo lo mismo que hoy.
Por eso la Palabra de Dios es la que nos invita a hacernos nuevos, a ser originales, es decir a volver a lo que el hombre era en su origen: reflejo del rostro del Padre. Nuestra mente, como cristianos, tiene que estar abierta al conocimiento de Dios, pues Él quien nos da la sabiduría y el entendimiento para saber qué es lo bueno y correcto, que es lo justo y verdadera para alcanzar lo que anhelamos, y a lo que nos hemos comprometido con nuestra palabra al decir "Creo en Dios..." y seguir recorriendo el Camino que nos lleva a la Vida.
"Porque el Señor concede sabiduría, de su boca brotan saber e inteligencia; atesora acierto para el hombre recto, es escudo para el de conducta intachable; custodia la senda del honrado, guarda el camino de sus fieles".
Si nos mantenemos en la Brecha que nos dejó señalada Jesús y recorremos el Camino sobre sus huellas no podremos equivocarnos, pero si dejamos de lado sus huellas y buscamos otros caminos que no son los del Padre, entonces encontraremos otro horizonte que no es el que el Padre había pensado para nosotros. Por eso Él nos orienta pero nos deja en libertad para que decidamos y aceptemos, cada uno, lo que hemos elegido.
Pero si cuando escuchamos la Voz del Hijo que nos invita a seguirlo abandonamos todo y lo seguimos Él nos dará lo que nos prometió:
"Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más u heredará la vida eterna".
Que dejarlo todo no implica consagrar la vida como sacerdote o religioso, sino que es dejar todo lo del mundo para recorrer el Camino de la Santidad.
La invitación está sobre la mesa, cada uno es libre para tomarla o dejarla.
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