domingo, 1 de febrero de 2026

Un camino diario

 "En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos".
El famoso "Sermón de la montaña" tan conocido y tan escuchado pero, me parece, no tan meditado por nosotros. Digo no tan meditado porque nos cuesta entender que Jesús haya dicho estas cosas y no porque no nos resulte simpática y hasta atrayente el Sermón, sino porque hay bienaventuranzas que no nos gustan demasiado porque ninguno quiere vivirlas, no a todas, sino casi todas.
Hoy la liturgia une este Sermón a la profecía de Sofonías, es decir a la Palabra que Dios dirige al Pueblo de Israel por medio del profeta Sofonias y le dice:
"Buscad al Señor, los humildes de la tierra, los que practican su derecho, buscad la justicia, buscad la humildad, quizá podáis resguardaros el día de la ira del Señor".
Es lo que Jesús nos pide, también, en las bienaventuranzas: la humildad, la verdad, la justicia, el derecho.
Comenzar las bienaventuranzas con la mención a la pobreza de espíritu es un camino que nos lleva a pensarnos diariamente. Sí, a pensarnos diariamente porque la humildad no es algo que nos nazca espontáneamente, sino que es una virtud que tenemos que trabajar todos los días. No es que no seamos humildes, sino que el pecado original que vive en nosotros nos lleva siempre por el camino del egoísmo, de la vanidad, de la soberbia y de eso es de lo que tenemos que alejarnos y convertirnos.
Es esa la espina del pecado que, muchas veces, nos impide ver y aceptar la Voluntad de Dios porque yo ya hice mis planes, porque yo ya programé tal cosas, porque mi vida, porque mi libertad, porque mis anhelos, porque esto porque lo otro... y ahí descubro que no soy pobre ante Dios, que no soy pobre de espíritu.
La pobreza de espíritu no es decir que no soy nada, porque eso es muy fácil, sino saber que todo lo que poseo, menos el pecado, todo es del Padre que me lo ha dado. Por eso soy pobre porque nada es mío sino que me ha sido dado y, más aún, como dice san Pablo, todo me lo ha sido dado y a ¡qué precio! Así reconociendo mi pequeñez podré aceptar los caminos que me propone mi Padre y vivir en la Bienaventuranza de sentirme conducido por la Mano de Aquél que me formó en el vientre de mi madre y que me pensó desde antes de la creación del mundo para ser santo e irreprochable ante Él por el amor.

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