San Juan Pablo II, Papa (s. XX) Homilía a los jóvenes, 1 octubre 1979
Esta tarde quiero repetiros cuanto creo debo decir a los jóvenes: vosotros sois el futuro del mundo, y el mañana os pertenece. Deseo traer a vuestra memoria los encuentros del mismo Jesús con los jóvenes de su tiempo. Los Evangelios nos conservan el interesante relato de la conversación que mantuvo Jesús con un joven. Leemos que el joven propuso a Cristo uno de los problemas fundamentales que la juventud se propone en todas partes: “¿Qué he de hacer?”, recibiendo de Él una respuesta precisa y penetrante: “Jesús, poniendo en él los ojos, le amó y dijo: ven y sígueme”. Pero mirad lo que ocurre: el joven, que había mostrado tanto interés por el problema fundamental, se fue triste, porque tenía mucha hacienda.
Este acontecimiento profundamente penetrante expresa una gran lección en pocas palabras. Toca problemas sustanciales y cuestiones de fondo que no han perdido su importancia. En todas partes los jóvenes se plantean problemas importantes: sobre el significado de la vida, sobre el modo recto de vivir, sobre la verdadera escala de valores: “¿Qué he de hacer? ¿Qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?”. Estas preguntas dan testimonio de vuestros pensamientos, de vuestras conciencias, de vuestros corazones, y de vuestras voluntades. Dicen al mundo que vosotros, los jóvenes, lleváis en vosotros mismos una apertura especial a todo cuanto es bueno y verdadero. Esta apertura constituye una revelación del espíritu humano. Y en ella, cada uno de vosotros puede encontrarse a sí mismo; por este motivo, todos podéis experimentar de alguna manera lo que experimentó el joven del Evangelio: “Jesús, poniendo en él los ojos, le amó”.
Por esto os digo a cada uno de vosotros: escuchad la llamada de Cristo, cuando sentís que os dice: “Sígueme”. Camina sobre mis pasos. ¡Ven a mi lado! ¡Permanece en mi amor! Es una opción que se hace: la opción por Cristo y por su modelo de vida, por su mandamiento de amor.
El mensaje de amor que trae Cristo es siempre importante, siempre interesante. No es difícil ver cómo el mundo de hoy, a pesar de su belleza y grandeza, a pesar de las conquistas de la ciencia y de la tecnología, a pesar de los apetecidos y abundantes bienes materiales que ofrece, está ávido de más verdad, de más amor, de más alegría. Y todo esto se encuentra en Cristo y en su modelo de vida.
El joven del Evangelio oye la llamada: “Sígueme”, pero se fue triste, porque tenía mucha hacienda. La tristeza de este joven nos lleva a reflexionar. Podremos tener la tentación de pensar que poseer muchas cosas, muchos bienes de este mundo, puede hacernos felices. En cambio, vemos que las muchas riquezas se convirtieron en obstáculo para aceptar la llamada de Jesús. ¡No estaba dispuesto a decir sí a Jesús, y no a sí mismo; a decir sí al amor, y no a la huida!
El amor verdadero es exigente. No cumpliría mi misión si no os lo dijera con toda claridad. Porque fue Jesús —nuestro mismo Jesús— quien dijo: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando”. El amor exige esfuerzo y compromiso personal para cumplir la voluntad de Dios. Significa disciplina y sacrificio, pero significa también alegría y realización humana.
Queridos jóvenes, no tengáis miedo a un esfuerzo honesto y a un trabajo honesto; no tengáis miedo a la verdad. Con la ayuda de Cristo y a través de la oración, vosotros podéis responder a su llamada, resistiendo a las tentaciones, a los entusiasmos pasajeros y a toda forma de manipulación de masas. Abrid vuestros corazones a este Cristo del Evangelio, a su amor, a su verdad, a su alegría. ¡No os vayáis tristes!
¡Seguid a Cristo! Vosotros, jóvenes o viejos. ¡Seguid a Cristo! Vosotros enfermos o ancianos; vosotros, los que sufrís o estáis afligidos; los que notáis la necesidad de cuidados, la necesidad de amor, la necesidad de un amigo: ¡seguid a Cristo!
En nombre de Cristo extiendo a todos vosotros la llamada, la invitación, la vocación: ¡Ven y sígueme! Él nos invita a todos y a cada uno de vosotros a vivir en su amor, hoy y siempre.
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