"Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizará, les dijo:
«¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente?
Dad el fruto que pide la conversión.
Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Tenemos por padre a Abrahán”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras".
Seguramente que las palabras de Juan Bautista nos suenan muy fuertes a nuestros oídos, pero son necesarias, muchas veces, volver a escucharlas porque lo que Dios busca, por medio de él, es una sincera conversión del corazón, pues sólo así Él puede darnos su Gracia sanadora y salvadora.
Lo que más me llamó la atención (no ahora, sino la primera vez que lo escuché) y es algo que, varias veces escuchamos decir o decimos, es (traducido a cristiano): yo no tengo pecado... yo soy bueno... no hago mal a nadie... no mato ni robo..., y por eso no abro el corazón al sincero arrepentimiento.
Es cierto que puedo no pecar demasiado, pero siempre hay pecado en nuestro corazón porque la espina del pecado original ha quedado clavada en él, y puede haber pecado de pensamiento, palabra, obra u omisión (que son los más recurrentes en nuestra vida) Y, sobre todo, los pecados de lengua que no siempre los confesamos porque creemos que lo que hemos dicho o comentado de los demás no tiene ninguna importancia, y sí, la tiene, porque, casi siempre, están faltos de amor y misericordia o compasión.
Es por eso que Juan Bautista le habló de una forma tan dura a los fariseos y saduceos ¿por qué? Porque ellos que conocen las escrituras y dicen que son buenos religiosos son los que menos se dan cuenta de su pecado, y tratan de pasar por buenas personas y sin embargo guardan dentro de sí mucho para cambiar. Por eso Juan Bautista le llama la atención diciéndoles: ¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión.
"Dad el fruto que pide la conversión" ¿qué es eso? Cambiar, realmente, la forma de actuar, de vivir, de comportarse ante los demás, de reconocer que no soy tan bueno como me creo sino que me he equivocado, y, sobre todo, saber que la Gracia de Dios no viene al corazón que no ha sabido pedir perdón, que no ha perdonado, que guarda en su interior rencor a los demás, que guarda en su boca palabras feas hacia su prójimo, que no honra con sus actitudes a los demás y ¡tantas otras cosas! que creemos que porque los demás me han herido yo tengo el derecho de hablar mal, de criticar, de esto o de aquello. Ahí no estoy dando frutos de conversión.
Por eso, en estas semanas que nos quedan hasta Navidad tenemos tiempo de vaciar nuestro corazón de todo aquello que no es propio de un hijo de Dios, de todo aquello que nos amor, que no es paz, que no es perdón para que libre de todo pueda nacer la Vida de Dios en mi corazón.
domingo, 7 de diciembre de 2025
Dar el fruto de la conversión
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