De las Cartas de san Juan Bosco, presbítero
Si de verdad buscamos la auténtica felicidad de nuestros alumnos y queremos
inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones, conviene ante todo que nunca
olvidéis que hacéis las veces de padres de nuestros amados jóvenes, por quienes
trabajé siempre con amor, por quienes estudié y ejercí el ministerio sacerdotal,
y no sólo yo, sino toda la Congregación salesiana.
¡Cuántas veces, hijos míos, durante mi vida, ya bastante prolongada, he tenido
ocasión de convencerme de esta gran verdad! Es más fácil enojarse que aguantar,
amenazar al niño que persuadirlo; añadiré incluso que, para nuestra impaciencia
y soberbia, resulta más cómodo castigar a los rebeldes que corregirlos,
soportándolos con firmeza y suavidad a la vez.
Os recomiendo que imitéis la caridad que usaba Pablo con los neófitos, caridad
que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los
encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.
Guardaos de que nadie pueda pensar que os dejáis llevar por los arranques de
vuestro espíritu. Es difícil, al castigar, conservar la debida moderación, la
cual es necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obramos sólo
para hacer prevalecer nuestra autoridad o para desahogar nuestro mal humor.
Miremos como a hijos a aquellos sobre los cuales debemos ejercer alguna
autoridad. Pongámonos a su servicio, a imitación de Jesús, el cual vino para
obedecer y no para mandar, y avergoncémonos de todo lo que pueda tener incluso
apariencia de dominio; si algún dominio ejercemos sobre ellos, ha de ser para
servirlos mejor. Éste era el modo de obrar de Jesús con los apóstoles, ya que
era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco
fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una
amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de
escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la
esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto nos mandó que fuésemos mansos
y humildes de corazón.
Son hijos nuestros, y por esto, cuando corrijamos sus errores, hemos de deponer
toda ira o, por lo menos, dominarla de tal manera como si la hubiéramos
extinguido totalmente.
Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las
palabras hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el
futuro, como conviene a unos padres de verdad, que se preocupan sinceramente de
la corrección y enmienda de sus hijos.
En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con humildad que arrojar un
torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que
sirvan de provecho alguno a los culpables.
lunes, 31 de enero de 2022
Trabajar con amor
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