La conversión de san Pablo nos invita a pensar que siempre estamos a tiempo de alcanzar nuestra propia conversión, que la esperanza de que el Señor nos de la Gracia para convertirnos, siempre está presente, sólo falta que nos demos cuenta qué es lo que tenemos que convertir en nuestras vidas.
Aunque, por lo general, creemos que la conversión es para los pecadores o para las grandes pecados, sin embargo es para los que creemos, sobre todo, que no neceistamos convertirnos. Pero no es así: san Pablo creía que estaba actuando correctamente cuando perseguía a los cristianos, sin embargo el Señor se le apareció y cambió su vida para siempre, y le mostró el Camino a seguir, a partir de ese momento.
Y a partir de ahí siguió buscando la conversión diaria, porque supo que en el Amor siempre hay que crecer y madurar, pues llevamos dentro nuestro la espina del pecado que no nos deja hacer lo que debemos sino que nos ayuda a hacer lo que no debemos, por eso, cada noche se nos invita a recnocer nuestros pecados para recibir la Gracia de Conversión.
No es algo de lo que tengamos que escandalizarnos (a no ser que sean grandes pecados, aunque siempre el Padre nos amará si nos arrepentimos) sino que es algo de lo que tenemos que estar contentos, no por el pecado, sino por descubrirnos, todavía, con la disposición de cambiar, de mejorar, de madurar en nuestra vida de fe, y de seguir caminando en sendero de la perfección en el amor.
Sobre todo porque es en ese punto en el que no siempre descubrimos que hemos faltado: en el amor, por eso es necesario que cuando hagamos nuestro examen de conciencia recordemos el himno de la caridad de San Pablo: el amor no se cansa nunca, no piensa mal, no es egoísta, no es descortés, no es vanidoso, todo lo espera...
Ahí veremos que siempre hay algo que no hemos hecho, y algo de lo que tenemos que pedir perdón, porque lo hemos dejado de hacer o lo hemos hecho muy mal. La conversión a la que nos invita constantemente el Señor, no es una vergüenza sino que es una necesidad para alcanzar la santidad que el Padre ha pensado y por la cual nos ha llamado a la vida, por eso no siempre pidamos esa gracia para alcanzar la plenitud en el amor.
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