jueves, 13 de enero de 2022

Si quieres puedes limpiarme

"En aquel tiempo, se acerca a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme».
Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio».
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio".
El deseo de estar limpio por fuera de este enfermo se traduce en el deseo, o se tendría que traducir, de estar limpio por dentro. Es lo que deseamos cuando sentimos el dolor de nuestros pecados. Pero no siempre es así.
Hoy en día se ha perdido mucho la conciencia de pecado, pues se nos ha "metido" dentro de nuestra manera de vivir la idea del mundo de que todo está permitido y, sobre todo, si te siente bien haciéndolo entonces puedes hacerlo. Y así, los cristianos que hemos asumido esa misma ideología nos dejamos llevar por nuestras malas conductas y acciones, y, sobre todo, las que van en contra del amor fraterno.
San Pío X decía: "el mal está mal aunque todo el mundo lo haga, y el bien está bien aunque nadie lo practique", y es una frase que tendríamos que tener más presente en nuestras vidas, sobre todo aquellos que hemos sido llamados a ser Luz para el mundo, pues viviendo lo mismo que el mundo no iluminamos, sino que confundimos a los que buscan la luz.
Creo que nos pasa, a los sacerdotes, que nos encontramos, muchas veces, con que la gente no sabe qué pecados tiene. Y ¿por qué pasa eso? Porque no hemos profundizado en nuestra fe, en lo que Dios nos ha dicho por medio de Su Palabra, en los mandamientos y en los consejos que nos ha dado Jesús en el Evangelio. Pero, fundamentalmente, porque nos acostumbramos a hacer las cosas por rutina: sabemos que tenemos que confesarnos, pero ¿qué tenemos que confesar para recibir la Gracia de la Reconciliación con Dios y con los hermanos?
Es ahí cuando vemos que nuestra conciencia del bien y del mal, del pecado y la virtud, está como dormida, pues nos da lo mismo hacer una cosa u otra, con tal de que "no mate ni robe". Es por ello que no sentimos "dolor por nuestro pecado", y seguimos viviendo como si tal cosa. Que, seguramente no he matado ni he robado, pero también es seguro que he faltado en el amor, en la verdad, en el bien, en la honestidad, en tantas cosas... que no son para rasgarse las vestiduras, pero que tampoco son para alegrarnos de que somos tan buenos que no necesitamos revisar un poco más nuestra conducta de cristianos.

 

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