De las Cartas de san Fulgencio de Ruspe, obispo
Fijaos que en la conclusión de las oraciones decimos: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo»;
en cambio, nunca decimos: «Por el Espíritu Santo.» Esta práctica universal de la Iglesia tiene
su explicación en aquel misterio, según el cual, el mediador entre Dios y los hombres
es Cristo Jesús, hombre también él, sacerdote eterno según el rito de Melquisedec, que entró
de una vez para siempre con su propia sangre en el santuario, pero no en un santuario hecho por
mano de hombre y figura del venidero, sino en el mismo cielo, donde está a la derecha de Dios e
intercede por nosotros.
Teniendo ante sus ojos este oficio sacerdotal de Cristo, dice el Apóstol: Por
medio de él ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir,
el tributo de los labios que van bendiciendo su nombre. Por él,
pues, ofrecemos el sacrificio de nuestra alabanza y oración, ya que por su
muerte fuimos reconciliados cuando éramos todavía enemigos. Por él, que se dignó
hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la
presencia de Dios. Por esto nos exhorta san
Pedro: También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del
templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios
espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Por este motivo decimos a
Dios Padre: «Por nuestro Señor Jesucristo.»
Al referirnos al sacerdocio de Cristo, necesariamente hacemos alusión al
misterio de su encarnación, en el cual el Hijo de Dios, a pesar de su condición
divina, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, según la cual se
rebajó hasta someterse incluso a la muerte; es decir, fue hecho un poco inferior
a los ángeles, conservando no obstante su divinidad igual al Padre. El Hijo fue
hecho un poco inferior a los ángeles en cuanto que, permaneciendo igual al
Padre, se dignó hacerse como un hombre cualquiera. Se abajó cuando se anonadó a
sí mismo y tomó la condición de esclavo. Más aún, el abajarse de Cristo es el
total anonadamiento, que no otra cosa fue el tomar la condición de esclavo.
Cristo, por tanto, permaneciendo en su condición divina, en su condición de Hijo
único de Dios, según la cual le ofrecemos el sacrificio igual que al Padre, al
tomar la condición de esclavo fue constituido sacerdote, para que, por medio de
él, pudiéramos ofrecer la hostia viva, santa, grata a Dios. Nosotros no hubiéramos
podido ofrecer nuestro sacrificio a Dios si Cristo no se hubiese hecho sacrificio
por nosotros: en él nuestra propia raza humana es un verdadero y saludable
sacrificio. En efecto, cuando precisamos que nuestras oraciones son ofrecidas por
nuestro Señor, sacerdote eterno, reconocemos en él la verdadera carne de nuestra
misma raza, de conformidad con lo que dice el Apóstol: Todo sumo sacerdote, tomado
de entre los hombres, es constituido en favor de los hombres en lo tocante a las
relaciones de éstos con Dios, a fin de que ofrezca dones y sacrificios por los pecados.
Pero al decir: «tu Hijo», añadimos: «que vive y reina contigo en la unidad del
Espíritu Santo», para recordar, con esta adición, la unidad de naturaleza que
tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y significar de este modo que el
mismo Cristo, que por nosotros ha asumido el oficio de sacerdote, es por
naturaleza igual al Padre y al Espíritu Santo.
jueves, 20 de enero de 2022
Vive para interceder por nosotros
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.