domingo, 30 de enero de 2022

El hijo de José.

Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»
Pero Jesús les dijo: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo.
No sólo los profetas no son escuchados en sus pueblos, sino que, muchas veces, no son escuchados en su familia, en su pareja, en su trabajo, en su comunidad, y, hasta en su parroquia.
“No es éste el hijo de José?”, esa pregunta habla de un prejuicio hacia la persona que, por ser hijo de José, y como ya conozco a su familia y lo conozco de pequeño ¿qué me puede decir de nuevo? Primero que mire a su familia o su vida y después hable.
Son algunos de los pensamientos que se nos cruzan por la cabeza cuando alguien nos quiere hacer pensar o reflexionar sobre algo en nuestra vida. No siempre analizamos lo que nos dicen y por qué nos lo dicen, sino que lo primero que juzgamos es a la persona que nos trae el mensaje. Como dice algún refrán: “no mates al mensajero”, sino escucha el mensaje que te quieren dar.
Claro es que ¿quién me puede decir a mí que me he equivocado, o que he pecado, o que tengo que cambiar de vida? ¿Quién está tan libre de pecado, errores y culpas para poder ayudarme a cambiar? Si hasta los consejos evangélicos me parecen fuera de lugar cuando me hacen ver mis pecados…
Por eso Jesús no pudo hacer milagros entre la gente de su pueblo, pues ellos no tenían fe, no podían o no querían ver en Jesús al Mesías de Dios, sino que sólo veían al hijo del carpintero. Y así nos pasa muchas veces en nuestras vidas, no vemos a Dios en los consejos de nuestros hermanos, no vemos que Dios nos está hablando por medio de ellos, sino que sólo pensamos en “¡qué me viene a decir éste! ¡Que se meta en su propia vida!”
Y es así como le impedimos al Señor que nos ayude en nuestra vida. Sin embargo, constantemente le estamos pidiendo signos y milagros para hacer tal o cual cosa, y cuando Él nos envía un mensajero para hacernos ver lo el Camino que Él quiere que recorramos, lo rechazamos porque no es el signo que quería ver.


 

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