domingo, 2 de enero de 2022

La esperanza de ser hijos de Dios

Pero a cuantos la recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios”.
Es de ley comenzar con el tradicional saludo de ¡Feliz Año Nuevo! y, realmente, es el deseo para cada día del Año, que todos los días sean días nuevos, llenos de paz, amor, esperanza, pues los que hemos nacido del Espíritu Santo, cada día tenemos una misión nueva, nada diferente, pero sí original, pues nuestro Padre del Cielo quiere que seamos sus hijos mirando al Hijo. “Nos dio el poder de ser hijos de Dios”, y ¡lo somos en verdad! pues el Espíritu Santo nos ha configurado como hijos por el Hijo, y por eso, cada día nacemos a una vida nueva, porque el Espíritu renueva todas las cosas.
Ese tiene que ser nuestro deseo al despertar cada mañana: ser renovados por el Espíritu Santo, o, mejor dicho, dejarnos renovar por el Espíritu para que siempre tengamos la alegría no sólo de saber que somos hijos de Dios, sino de vivir como hijos de Dios, llenos de luz, de esperanza, de amor, y, como dice San Francisco, “ser instrumentos de Su Paz”.
Hay muchos en este mundo en que vivimos que no han reconocido al Hijo de Dios, o que, reconociéndolo se niegan a aceptarlo en sus vidas, hay otros que se niegan tan siquiera a oír hablar de Él. Nosotros en cambio creemos en Él, sabemos, también, que Él vive en nosotros, y por eso nos toca a nosotros vivir para Él y por Él. Que podamos llegar a decir con San Pablo: “ya no soy yo quien vive en mí, sino que es Cristo quien vive en mí”. ¡Esa es la vida nueva que el Padre quiere para nosotros! Por que ese es el único Camino que nos da Vida verdadera.
Así es nuestra obligación como hijos de Dios mostrar al mundo que no lo conoce o que no quiere reconocerlo, cuál es la alegría de los hijos, cuál es la esperanza que nos motiva día a día a seguir creyendo, cuál es el amor que queremos brindar a todos los hombres, para poder construir juntos, como hermanos, el Reino de Dios aquí en la tierra. Y, para ello “hagamos Su Voluntad aquí en la tierra como en el Cielo”.


 

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