"Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron:
- «Todo el mundo te busca».
Él les respondió:
- «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».
Lamentablemente el pecado original ha dejado muchas espinas en nuestras vidas y, una de ellas, es el deseo de la fama, de hacer que lo que hagamos sea lo mejor de los demás o que los demás me alaben por lo que hago.
Esa espina la tenían, también, los apóstoles de Jesús. Una ocasión en la que lo vemos es en este pasaje: "todo el mundo te busca", por eso hay que responder a ese mundo. Y, como respondió en algún momento Jesús: "me buscan porque les he dado pan y pescado hasta saciarse" y no por lo que les he dicho, no porque les he hablado del Reino, no porque busquen la perfección en la santidad, sino porque he saciado una necesidad urgente.
Muchas veces caemos en el error de querer saciar no sólo la necesidad superficial de los demás, sino nuestra propia necesidad de ser famosos, de que reconozcan mi trabajo, ni forma de ser. Nos gustaría a muchos, seguramente que sí (aunque no lo digamos en voz alta) ser famosos como los artistas, futbolistas o tantos otros. Y, por eso, muchas veces, hacemos cosas que no son tan de Dios, o, por lo menos no nos hemos puesto a preguntar si son de Dios. Jesús sí se lo preguntaba, por eso salía de madrugada o se iba en algún momento a lugares solitarios a rezar:
- «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».
Sí, nos cuesta la fidelidad a la Palabra de Dios, la fidelidad a la Voluntad de Dios, porque, otras tantas veces, no hace ver que lo que estamos haciendo no es lo que Él quiere, no es para lo que Él nos ha llamado, sino que estamos "acomodándonos" al mundo, a lo que el mundo va dictando. Y, como no estamos haciendo buena oración, no estamos buscando constantemente la Voluntad de Dios, entonces nos quedamos con lo que más nos gusta: los aplausos del mundo. Y ahí es donde también Samuel nos enseña hoy: no buscar en un lugar equivocado la respuesta de Dios, sino abrir los oídos a Su Palabra:
"El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores:
- «¡Samuel, Samuel!»
Respondió Samuel:
- «Habla, que tu siervo escucha».
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