Del Comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan
«Muero por todos -dice el Señor-, para que todos tengan vida
por mí, y con mi carne he redimido la carne de todos. Con mi muerte será
destruida la muerte, y la naturaleza humana, derrumbada junto con la mía,
resucitará. Por esto me he hecho como uno de vosotros, es decir, hombre de la
descendencia de Abraham, para asemejar me en todo a mis hermanos.»
San Pablo, que había entendido bien esto, dice: Así pues,
como los hijos participan de la carne y de la sangre, también él entró a
participar de las mismas, para reducir a la impotencia, por su muerte, al que
retenía el imperio de la muerte, es decir, al demonio.
Nunca hubiera podido ser destruido de otra manera el que
retenía el imperio de la muerte, y por tanto la misma muerte, si Cristo no se
hubiese entregado a sí mismo por nosotros, él solo en pago por todos; pues él
estaba por encima de todos.
Por esto dice en el salmo, al ofrecerse a Dios Padre como
víctima inmaculada: No quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me has
preparado un cuerpo; no te complaciste en holocaustos ni en sacrificios por el
pecado; entonces yo exclamé: «Ya estoy aqui.»
Fue crucificado por todos y en favor de todos, a fin de que,
muriendo uno solo por todos, todos vivamos en él; pues no era posible que la
vida estuviera sujeta a la muerte o que sucumbiera a la corrupción, según su
propia naturaleza. Por sus mismas palabras sabemos que Cristo ofreció su carne
por la vida del mundo, ya que dice: Padre santo, guárdalos. Y también: Yo por
ellos me santifico (es decir: «Me ofrezco en sacrificio.»)
Al decir me santifico, quiere decir: «Me consagro y ofrezco
como víctima en olor de suavidad»; ya que, según la ley antigua, era
santificado o llamado santo lo que se ofrecía sobre el altar. Cristo, pues,
entregó su cuerpo por la vida de todos los hombres y, por su mismo cuerpo,
vuelve a introducir la vida en nosotros. Procuraré explicarlo en lo posible.
Después que la Palabra vivificante de Dios habitó en la
carne, la restauró en aquello que es su bien propio, es decir, la vida, y,
uniéndose a ella de un modo inefable, la hizo vivificante, como lo es él por
naturaleza propia.
Por tanto, el cuerpo de Cristo vivifica a los que de él
participan: aleja la muerte al hacerse presente en nosotros, sujetos a la
muerte, y aparta la corrupción, ya que contiene en sí mismo la virtualidad
necesaria para anularla totalmente.
sábado, 24 de abril de 2021
Cristo se entregó por nosotros
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