"Jesús le contestó:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: "Tenéis que nacer de nuevo"; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
No basta el nacer en la Pila Bautismal, no basta nacer de una madre, pues después de nacer viene todo lo que hace a nuestra personalidad, a nuestra vida. Puede haber un nacimiento en España pero si ese bebé es adoptado por una familia china, ese bebé aprenderá chino y vivirá como chino, aunque haya nacido en España. Así sucede con nuestra vida fe: nacemos como cristianos por el agua bautismal, pero luego crecemos dentro de una familia determinada, y de una realidad determinada. Si esa familia no vive cristianamente, los valores cristianos no serán aprendidos y, por lo tanto, la vida de fe no estará en la raíz de la personalidad, no estará como parte fundamental de esa persona y, por lo tanto, no sabrá hablar o pensar en cristiano, tendrá que aprenderlo como un segundo idioma en su vida, que puede ser o no valioso, depende lo que elija.
Cada uno de nosotros somos, una vez que hemos tomado la decisión de ser cristianos de aprender y de vivir como tal, no podremos recibir el agua bautismal por segunda vez, pero sí podemos recibiir el Espíritu Santo que nos ayude a ser fieles a nuestro Nuevo Nacimiento, y aprender a vivir segúne se mismo espíritu y no según el espíritu del mundo. Porque, en realidad, esa es nuestra verdad: nacimos por el Espíritu pero nos fuimos formando en el mundo, y, por eso, somos más fieles a las costumbres del mundo que a los impulsos del Espíritu Santo.
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