"El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común".
Me gusta mucho esta frase que usa el escritor para definir la vida de la primera comunidad de cristianos: tenía un solo coraón y una sola alma. La misma frase que se usa para la unión de esposos, para el amor esponsalicio: un amor de entrega de uno al otro. Un amor que se ha ido perdiendo a lo largo de la historia, tanto en algunos matrimonios, como en las comunidades cristianas. El amor mutuo parece que ya no se estila y, sin embargo, es el único signo por el cual, dijo Jesús, nos reconocerán como discípulos suyos.
"Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado".
Un amor mutuo que, muchas veces, tampoco se da entre los apóstoles del Señor, entre los que han recibido una consgración especial, ya sea como obispos, sacerdotes, religiosos, consagrados... Nos hemos olvidado del mandamiento principal, pues nos ha ganado el espíritu del mundo, haciendo que nuestros pecados e imperfeccionen se cuelen en el primer lugar de nuestras vidas, haciendo que la vida en común, que la verdadera comunidad pierda sentido y quedemos solamente para una vida sacramental, aunque sólo en apariencia.
Así cada vez queda menos gente que forme las comunidades cristianas, pues cada día hay más divisiones, más peleas, más desentendimiento, y, sobre todo, se dan por el apetito de poder, por el no saber compartir, no sólo los bienes materiales, sino, sobre todo, los bienes espirituales.
¿No será hora de volver a nuestras raíces del evangelio y de la verdadera fe? ¿No será hora de reconocer que no somos un testimonio de comunidad de creyentes en Cristo porque no vivimos como Él nos pidió? ¿No será hora de reconocer que nos hemos equivocado y que tenemos que convertir el corazón para volver al Camino que el Señor nos marcó con su vida?
«¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? En verdad, en verdad re digo; hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hable de las coas celestiales? Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre".
No somos pocos los que nos creemos maestros, pero, también es cierto, que son pocos los que se dejan llevar por el Espíritu y viven de acuerdo a Él y no de acuerdo al mundo.
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