"El Espíritu dijo a Felipe: «Acércate y pégate a la carroza».
Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó: «¿Entiendes lo que estás leyendo?»
A veces, cuando leemos estas cosas o cuando vemos o leemos la vida de los santos, podemos descubrir cómo ellos se dejaron conducir por el Espíritu, por las alocuciones internas, y cómo pudieron hacer grandes cosas, y, muchas veces, sin salir de un convento. Descubrir estas cosas nos dan ganas de poder vivirlo o nos preguntamos cómo vivieron esa disponibilidad, cómo pudieron hacer para escuchar al Espíritu o a los ángeles que le susurraban al oído... y nos surge la pregunta ¿por qué yo no puedo escucharlo o sentirlo o vivirlo de ese modo?
Y, en realidad, todos tenemos esos ángeles que nos susurran al oído o al Espíritu que nos está, siempre, hablando de las cosas del Padre. Pero no siempre estamos atentos o en silencio como para poder escuchar, o, quizás, tampoco sabemos entender lo que nos dicen. Es que estamos tan metidos en el lenguaje del mundo que nos olvidamos el modo de hablar de Dios, sobre todo, porque no llegamos al silencio interior para poder escuchar.
Sin embargo, muchas veces, sin saberlo vamos obrando lo que Dios quiere, porque nuestra vida está en Dios. No tenemos, quizás, esas alocuciones interiores donde podríamos ponernos a escribir lo que el Espíritu suscita en nuestros corazones, pero obramos de acuerdo a sus impulsos.
Quizás no escuchemos la voz del Ángel en nuestro oído, pero salimos corriendo al encuentro de alguien que necesita de mi ayuda, de mi palabra, o, tan siquiera de mi oído.
Cuando, con el tiempo, hemos ido siendo fieles al diálogo con el Padre en la oración, en la reflexión de Su Palabra, en la recepción del Pan de la Vida, y de los sacramentos, entonces, nuestra vida se va transformando, sin grandes espectáculos, en una vida cristiana, y, sin saberlo, voy aceptando la Voluntad de Dios, pues he ido disponiendo mi vida a Su Voluntad.
Puede ser que me ponga a pensar y mire hacia atrás y no vea cambios profundos, pero seguramente los ha habido, y, por eso el Señor me pide que si pongo "la mano en el arado no mire hacia atrás", porque lo que tengo que hacer es ir hacia adelante, dejándome conducir por Él, que es el Capitán de mi barco.
Así, sin querer, podré ir marcando la diferencia en mi vida, y no porque hayan habido grandes hechos extraordinarios, sino porque en lo ordinario de todos los días he ido cultivando mi relación con el Señor, y he dejado que Él me conduzca, haciendo que mis días sean suyo, y yo de Él.
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