jueves, 1 de abril de 2021

El misterio de la FE

"Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo".
Y en la Misa no sólo recordamos, sino que hacemos vivo ese Amor hasta el extremo, pues Él vuelve a entregarse en nuestras manos al Padre, para darnos una Vida Nueva en el Amor.
Sí, la Eucaristía es ese hacer vida la entrega de Jesús, una entrega que hizo por obediencia al Padre y por Amor a Él y a nosotros, por eso, cuando nos falta amor es porque nos falta Dios en nuestro corazón, pues hemos sido salvados por y para el Amor.
Cuando decidimos seguir a Jesús en el Camino de la Fe, no sólo debemos cumplir ciertas normas y mandamientos, sino que debemos intentar vivir como Él vivió, pues sólo nos dejó un mandamiento como norma de Vida: "amaos uno a otros como Yo os he amado". Y Él nos amó hasta el extremo. ¿Cuál es el extremo? Entregara la vida en muerte ignominiosa, en muerte de Cruz, pero no sólo eso, sino que estando crucificado y casi sin fuerzas, rogando al Padre le dijo: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". No sólo es entregarse a la muerte por los amigos, sino también por los enemigos: "nos amó hasta el extremo".
Y en ese extremo no se olvidó de nada, pues quiso que nos quedáramos sin fuerzas y sin Gracia para poder amar, también nosotros, hasta el extremo, y, por eso, instituyó la Eucaristía y el Sacerdocio ministerial, para que siempre hubiese un Jesús que se puediera entregar en las manos del Padre para dar Vida a aquellos que quisieran dar Amor.
Nuestro sacerdocio ministerial, como dice el Cura de Ars, nace del corazón amante de Jesús, pues Él por Amor nos dejó a nosotros, pobre hombres pecadores como todo el mundo, para que pueda Él hacerse Pan para alimentar nuestros deseos de santidad, nuestros deseos de amar hasta el extremo.
Por eso, cuando vamos a la Misa no tenemos que ponernos a pensar si el sacerdote es bueno o malo, si predica bien o mal, si me gusta o no me gusta, si hace la misa alegre o triste, larga o corta, o seguir poniendo cualquier excusa. Lo único que uno tendría que pensar para ir a Misa es si quiero encontrarme con Jesús Vivo y presente en la Eucaristía, si realmente lo necesito para seguir amando hasta el extremo, si verdaderamente he comprendido el Gran Misterio de nuestra Fe y por eso necesito de la Eucaristía para seguir siendo Fiel a Dios y, haciendo así, Su Voluntad aquí en la tierra como en el Cielo.

 

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