Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».
Este Segundo Domingo de Pascua, Domingo de la Divina Misericordia, nos ayuda no sólo a descubrir la Divina Misericordia, sino también a descubrirnos Dichosos, Bienaventurados porque hemos creído sin haber visto. Sí, nosotros, tú y yo, hemos creído en lo que nos fue anunciado. Hemos creído porque nuestros padres y abuelos nos dejaron el mejor de los legados: el Don de la Fe, nos bautizaron y nos han permitido creer.
Quizás, como santo Tomás, algunas veces necesitemos ver y tocar para creer, porque los misterios de la Fe tienen esa parte de oscuridad que, muchas veces, se hace, en nuestras vidas, más intensa; pero que, también es cierto, en otras muchas veces, tenemos la certeza de creer con toda nuestra alma y corazón, pues sabemos de la existencia no sólo de Dios, sino de Su Amor por cada uno de nosotros, por mí y por ti.
Y es ese Amor que Jesús nos demostró que el Padre tiene lo que nos ayuda a tener esperanza, a creer en una vida nueva que no sólo se manifestará en el Reino Eterno, sino en una vida nueva que cada día pedimos: la vida del Reino de Dios aquí en la tierra como en el cielo. Confiamos, por ello, en la misericordia de Dios que, habiéndonos perdonado y reconciliado consigo mismo, nos de la Gracia para poder edificar, día a día, el Reino del Amor, de la Justicia, de la Verdad y de la Paz aquí en la tierra.
Una misión que cada uno tiene que llevar a cabo, pues en el bautismo hemos recibido el Espíritu Santo que nos ha transformado y nos ha confirmado para ser los Discípulos de Jesús, apóstoles de Su Mensaje de Salvación, y constructores del Reino de Dios en la tierra. Y no porque seamos los mejores, o los más perfectos, no, sino porque confiamos en que Él que nos ha llamado y elegido, nos dará los talentos necesarios para poder ser Fieles a la Vida Nueva que nos ha regalado con su Resurrección. Una Vida Nueva que nace de su costado abierto y es regado con la Sangre del Cordero que se derramó sobre todos los hombres para el perdón y la reconciliación.
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